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Capítulo 1: El Significado de la Voluntad de Dios

Capítulo 2: El significado de la voluntad del hombre

Capítulo 3: La voluntad de Dios y su trabajo

 

CAPÍTULO 4

La voluntad de Dios para el matrimonio

Junto con nuestro trabajo, el otro tema de permanente preocupación es nuestro estado civil. ¿Deberíamos casarnos o permanecer solteros? Es probable que los cristianos gasten más energía para tomar decisiones en esta materia que en cualquier otro ámbito de la existencia humana. Eso no es de extrañar, porque las decisiones pertinentes a la relación matrimonial tienen importantes efectos de vasto alcance en nuestra vida. La manera en que una persona se siente respecto a su estado civil determina, en gran medida, su sensación de realización, su productividad, y la imagen de sí mismo. La realidad y la seriedad de la relación matrimonial se hacen patentes cuando nos damos cuenta de que la persona que nos conoce con mayor intimidad, ante quien somos más frágiles y vulnerables, y quien configura e influencia potentemente nuestra vida es nuestro cónyuge. Es por eso que entrar en la relación matrimonial es algo que nadie debiera emprender a la ligera.

Antes de hacernos cargo de la pregunta general “¿es la voluntad de Dios que me case?”, es necesario considerar varias preguntas específicas.

¿Debería casarme?

Nuestra cultura a menudo ha dado por sentada la respuesta a esta pregunta. Aun hoy en día, la mayoría de nosotros, mientras crecemos, absorbemos la idea de que el matrimonio es parte natural y esencial de la vida normal. Por diversos medios —desde los personajes de cuentos de hadas Blancanieves y el Príncipe Azul, las obras teatrales románticas de Shakespeare, y algunos héroes y heroínas de los medios de comunicación masivos— recibimos señales de que la sociedad espera que se añadan al grupo de los casados. Entre los individuos que no logran cumplir con esta expectativa cultural, aquellos que tienen una mentalidad más tradicional quedan con la persistente sensación de que quizá algo ande mal en ellos, que sean anormales.

En generaciones anteriores, si un joven llegaba a los treinta años sin casarse, se sospechaba que tuviera tendencias homosexuales. Si una mujer aún estaba soltera a los treinta, a menudo se asumía tácitamente que tenía algún defecto que la hacía poco atractiva como esposa o tenía preferencias lesbianas. Tales suposiciones de ninguna forma se encuentran en la Escritura.

Desde una perspectiva bíblica, la búsqueda del celibato (como espera la Escritura para el soltero) es una opción legítima en ciertos casos. Bajo otras consideraciones, se considera como una preferencia definitiva. Si bien tenemos la bendición de nuestro Señor sobre la santidad del matrimonio, también tenemos su ejemplo de opción personal de permanecer célibe, obviamente en sumisión a la voluntad de Dios. Cristo fue célibe, no por una falta de los rasgos masculinos necesarios para hacerlo deseable como un compañero de vida. Más bien su propósito divino obvió el destino del matrimonio, pues para ese propósito era crucial que él se dedicara por completo a la preparación de su novia, la iglesia, para su futura boda.

La instrucción bíblica más importante que tenemos respecto al celibato nos la da el apóstol Pablo en un extenso pasaje de 1 Corintios:

En cuanto a los solteros y las solteras, no tengo un mandamiento del Señor; simplemente doy mi opinión como alguien que, por la misericordia del Señor, es digno de confianza. Soy del parecer de que, ante la situación apremiante, es mejor que cada uno se quede como está. ¿Estás casado? No trates de separarte. ¿Eres soltero? No busques casarte. Aunque, si te casas, no pecas; y si alguna joven soltera se casa, tampoco peca. Sin embargo, los que se casan tendrán que enfrentar sufrimientos, y yo quisiera evitárselos. Pero quiero decirles, hermanos, que el tiempo se acorta; por lo tanto, el que tiene esposa debe vivir como si no la tuviera; el que llora, como si no llorara; el que se alegra, como si no se alegrara; el que compra, como si no tuviera nada; y el que disfruta de este mundo, como si no lo disfrutara; porque el mundo que conocemos está por desaparecer.

Yo quisiera verlos libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de servir al Señor, y de cómo agradarlo. Pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, y de cómo agradar a su esposa. También hay diferencia entre la mujer casada y la joven soltera. La joven soltera se preocupa de servir al Señor y de ser santa, tanto en cuerpo como en espíritu. Pero la mujer casada se preocupa de las cosas del mundo, y de cómo agradar a su esposo. Esto lo digo para el provecho de ustedes; no para ponerles trabas sino para que vivan en honestidad y decencia, y para que se acerquen al Señor sin ningún impedimento.

Pero si alguno piensa que es impropio que su hija continúe siendo soltera después de cierta edad, que haga lo que quiera. Con eso no pecan. Que se case. El que está plenamente convencido, y no se siente obligado y es dueño de su propia voluntad, y decide que su hija no se case, hace bien. De manera que quien permite que su hija se case, hace bien; y quien prefiere que no se case, hace mejor.

De acuerdo con la ley, la mujer casada está ligada a su esposo mientras éste vive; pero si su esposo muere, queda en libertad de casarse con quien quiera, con tal de que sea en el Señor. Pero, en mi opinión, ella sería más dichosa si se quedara como está; y creo que yo también tengo el Espíritu de Dios (1 Corintios 7:25-40).

La enseñanza de Pablo sobre esta materia ha sido sometida a graves distorsiones. Algunos observan en este texto que Pablo está exponiendo una perspectiva contrastante del matrimonio según la cual el celibato es bueno y el matrimonio es malo, en especial para los cristianos llamados al servicio en el periodo provisional entre la primera venida de Cristo y su regreso. Sin embargo, incluso una lectura somera del texto indica que Pablo no está contrastando lo bueno y lo malo, sino bienes rivales. Él señala que es bueno optar por el celibato en determinadas circunstancias. Además, también es bueno y totalmente permisible optar por el matrimonio en otras circunstancias. Pablo expone las trampas que enfrenta un cristiano cuando contempla el matrimonio. Es de primera consideración la presión del reino de Dios sobre la relación matrimonial.

En ningún lugar la cuestión del celibato ha sido más controversial que en la Iglesia Católica Romana. Históricamente, los protestantes han objetado que la Iglesia Católica Romana, al imponerle a su clero un mandato que está más allá de los requisitos de la propia Escritura, ha caído en una forma de legalismo. Si bien creemos que la Escritura permite el matrimonio del clero, ella al mismo tiempo señala que el que está casado y sirve a Dios en una vocación especial realmente enfrenta los agobiantes problemas que surgen de una serie de lealtades divididas: su familia por una parte, la iglesia por otra. La disputa entre protestantes y católicos sobre el celibato mandatorio lamentablemente se ha vuelto tan acalorada a veces que los protestantes a menudo ha reaccionado yéndose al otro extremo, desechando el celibato como una opción viable. Volvamos al punto central de las palabras de Pablo, el cual establece una distinción entre bienes rivales. Su distinción, a fin de cuentas, le permite al individuo decidir qué es lo más apropiado para él o ella.

Pablo de ningún modo denigra el honroso “estado” del matrimonio, sino más bien reafirma lo que fue dado en la creación: la bendición de Dios sobre la relación matrimonial. Casarse no es pecado. El matrimonio es una opción legítima, noble y honorable dispuesta para los cristianos.

¿Un simple papel?

Otro aspecto de la pregunta “¿debería casarme?” va más allá del tema del celibato a la cuestión de si una pareja debería entrar en un contrato matrimonial formal o evadir esta opción y simplemente convivir. En las últimas décadas, la opción de convivir en lugar de pasar a un contrato matrimonial formal ha proliferado en nuestra cultura. Los cristianos deben ser cuidadosos de no establecer sus preceptos sobre el matrimonio (o cualquier otra dimensión ética de la vida) sobre la base de los estándares de la comunidad contemporánea. La conciencia cristiana debe estar gobernada no meramente por lo socialmente aceptable, ni siquiera por lo que es legal para la ley del país, sino más bien por lo que Dios ordena.

Lamentablemente, algunos cristianos han rechazado los aspectos legales y formales del matrimonio, aduciendo que el matrimonio es un asunto de compromiso privado e individual entre dos personas y no tiene requisitos legales o formales. Ellos ven el matrimonio como un asunto de decisión individual privada ajena a la ceremonia externa. La pregunta que con mayor frecuencia se les hace a los clérigos al respecto refleja la denominada libertad en Cristo: “¿Por qué tenemos que firmar un papel para hacerlo legal?”.

El firmar un papel no es una cuestión de estampar la propia firma con tinta sobre un documento irrelevante. La firma de un certificado de matrimonio es parte esencial de lo que la Biblia llama pacto. Un pacto se celebra públicamente ante testigos y con compromisos legales formales que la comunidad se toma en serio. La protección de ambas partes está en juego; existe un recurso legal en caso de que una de las partes actúe de una forma destructiva para el otro.

Los contratos se firman debido a la necesidad generada por la presencia del pecado en nuestra naturaleza caída. Dado que tenemos una enorme capacidad de lastimarnos unos a otros, se deben imponer sanciones mediante contratos legales. Los contratos no solo restringen el pecado, sino que además protegen al inocente en el caso de transgresiones legales y morales. Con cada compromiso que hago con otro ser humano, hay un sentido en el que parte de mí se vuelve vulnerable, queda expuesta a la actuación de la otra persona. Ninguna empresa humana deja a la persona más vulnerable al perjuicio que el estado del matrimonio.

Dios ordenó ciertas normas que regulan el matrimonio a fin de proteger a las personas. Su ley brotó del amor, la preocupación y la compasión por sus criaturas caídas. Las sanciones que Dios le impuso a la actividad sexual fuera del matrimonio no implican que Dios sea un aguafiestas o gazmoño. El sexo es un goce que él mismo creó y le concedió a la raza humana. Dios, en su infinita sabiduría, entiende que no hay momento en el que los seres humanos sean más vulnerables que cuando se involucran en esta sumamente íntima actividad. Por lo tanto, él cubre este acto íntimo con ciertos resguardos. Él les está diciendo tanto al hombre como a la mujer que es seguro entregarse el uno al otro solo cuando de fondo existe cierto conocimiento de un compromiso de por vida. Hay una enorme diferencia entre un compromiso sellado con un documento formal y declarado en presencia de testigos, incluida la familia, amigos, y autoridades de la iglesia y el estado, y una promesa susurrante y vacía musitada en el asiento trasero de un automóvil.

¿Quiero casarme?

Pablo afirma en 1 Corintios 7:8-9: “A los solteros y a las viudas les digo que sería bueno que se quedaran como yo; pero si no pueden dominarse, que se casen; pues es mejor casarse que arder de pasión”. Se hace una distinción entre lo bueno y lo mejor. Aquí Pablo introduce la idea de arder, no de los fuegos punitivos del infierno, sino de las pasiones de la naturaleza biológica, los cuales nos los ha dado Dios. Pablo está hablando con toda franqueza cuando señala que algunas personas no están hechas para el celibato. El matrimonio es una opción perfectamente honorable y legítima aun para aquellos que están muy fuertemente motivados por la realización sexual y por liberarse de la tentación y la pasión sexuales.

La pregunta “¿quiero casarme?” es obvia pero muy importante. La Biblia no prohíbe el matrimonio. De hecho, lo incentiva excepto en ciertos casos en los que uno puede entrar en conflicto con la vocación, pero aun en esa dimensión quedan estipulaciones para el matrimonio. Así que desear el matrimonio es algo muy bueno. Una persona necesita estar al tanto de sus propios deseos y su conciencia.

Si tengo un fuerte deseo de casarme, entonces el siguiente paso es hacer algo para realizar ese deseo. Si una persona quiere un empleo, debe buscar seriamente las oportunidades laborales. Cuando decidimos ir a un instituto o la universidad, tenemos que seguir la rutina formal de postular y evaluar diversas instituciones. El matrimonio no es distinto; no nos ha llegado ninguna receta mágica que nos determine la perfecta voluntad de Dios para un compañero de por vida. Lamentablemente, es aquí donde los cristianos hemos sucumbido al síndrome de los cuentos de hadas de nuestra sociedad. Es un problema especialmente para las mujeres jóvenes solteras. Muchas jóvenes sienten que si Dios quiere que se casen, él les enviará un novio desde el cielo en paracaídas o traerá algún Príncipe Azul cabalgando hasta su puerta en un gran caballo blanco.

Un terrible problema que enfrentan las mujeres solteras —más en el pasado que en la actualidad— surge de la ley tácita de nuestra sociedad que les concede a los hombres la libertad de buscar activamente una compañera para el matrimonio, mientras que a las mujeres se las considera relajadas si buscan activamente un posible esposo. Ninguna norma bíblica dice que una mujer ansiosa por casarse debería ser pasiva. No hay nada que le prohíba buscar activamente un compañero adecuado.

En numerosas ocasiones, he tenido la tarea de aconsejar a mujeres solteras que al comienzo de la entrevista insistían en que no deseaban casarse sino que simplemente querían desarrollar las dimensiones del celibato que ellas creían que Dios les había impuesto. Después de algunas preguntas y respuestas, el escenario suele repetirse; la joven se echa a llorar y estalla: “Pero realmente quiero casarme”. Cuando sugiero que hay pasos sabios que ella puede dar para hallar un esposo, sus ojos se iluminan de asombro como si yo acabara de darle permiso para hacer lo prohibido. He roto un tabú.

La sabiduría exige que la búsqueda se haga con discreción y determinación. Las personas en busca de un compañero o compañera de vida tienen que hacer ciertas cosas obvias, tales como ir a donde otras personas solteras se congregan. Necesitan involucrarse en actividades que las pongan en comunicación directa con otros cristianos solteros.

En el Antiguo Testamento, Jacob hizo una ardua travesía a su tierra natal para encontrar una novia adecuada. Él no esperó a que Dios le enviara una compañera de vida. Él fue adonde la oportunidad se presentara sola para encontrar una novia. Pero el hecho de que él fuera hombre no implica que ese procedimiento se limite a los varones. En nuestra sociedad, las mujeres tienen exactamente la misma libertad de ir tras un compañero mediante una diligente búsqueda.

¿Qué quiero de un novio o una novia?

En la comunidad cristiana ha surgido el mito de que el matrimonio debe ser una unión entre dos personas comprometidas con el principio del amor de autosacrificio. El amor de autosacrificio se percibe como algo crucial para el éxito del matrimonio. Este mito se basa en el concepto válido de que el egoísmo suele estar en la raíz de la discordia y la desintegración de las relaciones matrimoniales. El concepto bíblico del amor les dice “no” a los actos egoístas dentro del matrimonio y otras relaciones humanas. Sin embargo, el remedio para el egoísmo de ninguna manera se encuentra en el autosacrificio.

El concepto del autosacrificio como anulación del yo surgió del pensamiento asiático y griego, en el que el ideal de la humanidad es la pérdida de la identidad personal volviéndose uno con el universo. El objetivo del hombre, según este sistema, es perder cualquier característica individual, convirtiéndose en una gota en el gran océano. Otro aspecto de la absorción es la noción del individuo que se funde con la Gran Alma y se difunde espiritualmente a través del universo. Pero desde una perspectiva bíblica, el objetivo del individuo no es la aniquilación o la desintegración del yo, sino la redención del yo. Buscar la abnegación en el matrimonio es trabajar en balde. El yo es muy activo en la construcción de un buen matrimonio, y el matrimonio implica el compromiso del yo con otro yo sobre la base del compartir y de la sensibilidad recíprocos entre dos yos activamente involucrados.

Si yo estuviera comprometido en un matrimonio de autosacrificio, significaría que en mi búsqueda de una pareja debería indagar en mi entorno para encontrar una persona por la que estuviera dispuesto a deshacerme de mi yo. Esto es lo opuesto a lo que conlleva la búsqueda de una pareja para el matrimonio. Cuando alguien busca una pareja, debería buscar a alguien que enriquezca su vida, que añada a su propia auto-realización, y que al mismo tiempo resulte enriquecido por esa relación.

¿Cuáles son las cualidades prioritarias que se deben buscar en una pareja? Un pequeño ejercicio que ha resultado útil para muchas parejas se basa en la imaginación espontánea. Si bien encontrar una pareja no es como comprar un automóvil, uno puede usar la metáfora del auto nuevo. Cuando uno compra un auto nuevo, tiene muchos modelos de entre los cuales elegir. Con estos modelos, hay una lista casi interminable de equipamiento opcional que puede añadirse al modelo estándar.

Análogamente, supongamos que se pudiera solicitar una pareja por encargo con todos los complementos. La persona entregada a ese ejercicio podría hacer una lista de hasta cien cualidades o características que le gustaría encontrar en la pareja perfecta. Compatibilidad con el trabajo y con el juego, actitudes hacia la paternidad, y ciertas habilidades y características físicas podrían estar incluidas. Tras completar la lista, la persona debe reconocer la futilidad de un proceso de este tipo. Ningún ser humano se ajustará perfectamente a todas las características posibles que uno desea en una pareja.

Este ejercicio es especialmente útil para las personas que han postergado el matrimonio hasta alrededor de los treinta años, o incluso más tarde. Una persona de este tipo a veces se habitúa a enfocarse en pequeños defectos que descalifican prácticamente a cualquier persona con la que se encuentre. Después de hacer el ejercicio de la pareja por encargo, se puede dar el siguiente paso: reducir la lista a las prioridades principales. La persona que realiza este ejercicio reduce el número de requisitos a veinte, luego a diez, y finalmente a cinco. Tal reducción la obliga a establecer por orden de prioridad las cosas que busca con mayor apremio en un cónyuge.

Es de suma importancia que las personas entiendan claramente lo que quieren del noviazgo y finalmente de la relación matrimonial. Además, deberían descubrir si sus deseos para una relación matrimonial son saludables o perjudiciales. Esto nos lleva a la siguiente pregunta, relativa a la consejería.

¿A quién debería pedirle consejos?

A muchas personas les molesta la sugerencia de que pidan consejo en su selección de una pareja para el matrimonio. Después de todo, ¿no es esa selección un asunto totalmente personal y privado? Por personal y privada que pueda ser la decisión, es de seria importancia para el futuro de la pareja y su potencial descendencia, sus familias, y sus amigos. El matrimonio nunca es un asunto privado en última instancia, porque la manera en que este funciona afecta a una multitud de personas. Por lo tanto, se puede y se debería pedir consejos a los amigos y pastores de confianza, y especialmente a los padres.

En periodos más antiguos de la historia de Occidente, los matrimonios eran concertados o por las familias o por casamenteros. Hoy en día, la idea de matrimonios concertados parece primitiva y burda. Es totalmente ajena a la cultura estadounidense. Hemos llegado al punto donde pensamos que elegir a quién amamos es nuestro derecho inalienable.

Es necesario decir algunas cosas en defensa de la antigua costumbre de los matrimonios concertados. Una es que se pueden lograr matrimonios felices aun cuando uno no ha elegido a su propia pareja. Puede que suene extravagante, pero estoy convencido de que si se aplican constantemente los preceptos bíblicos, prácticamente cualquier par de personas en el mundo puede construir un matrimonio feliz y honrar la voluntad de Dios en la relación. Puede que no sea lo que preferimos, pero se puede lograr si estamos dispuestos a trabajar en la relación matrimonial. Lo segundo que precisa decir en defensa de los matrimonios concertados es que en ciertas circunstancias, los matrimonios han sido arreglados según la objetiva evaluación de unir a personas compatibles y de evitar uniones parasitarias destructivas. Por ejemplo, si se deja a su arbitrio a personas con una significativa debilidad personal, tales como un hombre con una profunda necesidad de trato maternal y una mujer con una profunda necesidad de actuar como madre, pueden atraerse mutuamente de forma destructiva. Uniones negativas de este tipo ocurren diariamente en nuestra sociedad.

No es mi intención presionar a favor de los matrimonios concertados o arreglados. Solo estoy elogiando la sabiduría de pedir consejo a los padres en el proceso de decisión. A menudo los padres objetan la elección de una pareja para el matrimonio. A veces sus objeciones se basan en la firme convicción de que “nadie es lo bastante bueno para mi hija (o hijo)”. Las objeciones de este tipo se basan en expectativas no realistas en el mejor de los casos, y en el peor, en celos mezquinos. Sin embargo, no todos los padres sufren de estos prejuicios destructivos respecto a las potenciales parejas de sus hijos. A veces los padres tienen una aguda percepción de la personalidad de sus hijos, y ven puntos ciegos que ni los propios hijos pueden advertir. En el ejemplo anterior de la persona con una desordenada necesidad de trato maternal que atrae a alguien con una desordenada necesidad de actuar maternalmente, un padre perceptivo podría detectar la incompatibilidad y prevenir a su hijo. Si un padre se opone a una relación matrimonial, es de suma importancia saber el porqué.

¿Cuándo estoy preparado para casarme?

Después de buscar consejo, teniendo un claro deseo de lo que esperamos, y habiendo examinado nuestras expectativas, la decisión final queda en nuestras manos. En este punto, algunos sufren una parálisis a medida que se acerca el día de la decisión. ¿Cómo saber cuando uno está preparado para casarse? La sabiduría dicta que entremos en un serio estudio, evaluación y consejería prematrimoniales con consejeros competentes para que puedan advertirnos de los inconvenientes que se presentan en esta nueva y vital relación humana. En vista de la ruptura de tantos matrimonios en nuestra cultura, un creciente número de jóvenes rehúsa entrar en un contrato matrimonial por temor a convertirse en “estadísticas”. A veces necesitamos el suave empujón de un consejero de confianza que nos diga que es el momento de dar el paso.

¿Qué cosas hay que enfrentar antes de efectivamente dar el paso hacia el matrimonio? Las consideraciones económicas son importantes, desde luego. Las presiones financieras impuestas sobre una relación que ya está acosada por presiones emocionales de otro tipo pueden ser la proverbial gota que colme el vaso. Es por eso que los padres suelen aconsejar a los jóvenes a esperar hasta que hayan terminado su educación o hasta que tengan un empleo remunerado, de manera que puedan asumir la responsabilidad de una familia.

No es casualidad que el mandato creacional del matrimonio mencione que un hombre dejará a su padre y a su madre y “se unirá” a su mujer, y los dos serán “un solo ser”. Las dimensiones “dejar y unirse” tienen su raíz en el concepto de ser capaz de establecer una nueva unidad familiar. Aquí, la realidad económica suele determinar la preparación que se tiene para el matrimonio.

Entrar al matrimonio implica más que emprender nuevas responsabilidades financieras. El compromiso matrimonial es el más serio que dos seres humanos pueden hacer entre sí. Una persona está lista para casarse cuando está preparada para comprometerse con una persona en particular por el resto de su vida, con independencia de las circunstancias humanas que les sobrevengan.

A fin de que entendamos la voluntad de Dios para el matrimonio, es imperativo que prestemos atención a la voluntad preceptiva de Dios. El Nuevo Testamento muestra claramente que Dios no solo ordenó el matrimonio y lo santificó, sino que además lo regula. Sus mandamientos cubren una multitud de situaciones concernientes a los aspectos medulares del matrimonio. El mayor manual para el matrimonio es la sagrada Escritura, la cual revela la sabiduría de Dios y su norma que gobierna la relación matrimonial. Si alguien quiere sinceramente hacer la voluntad de Dios en el matrimonio, su primera tarea consiste en dominar lo que la Escritura dice que Dios exige en tal relación.

¿Qué espera Dios de sus hijos que están casados o pensando en casarse? Entre otras cosas, Dios espera fidelidad al cónyuge, la provisión para las necesidades mutuas, y respeto mutuo bajo el señorío de Cristo. Ciertamente, en la pareja cada uno debería fomentar la efectividad del otro como cristiano. Si no es así, algo anda mal.

Si bien el celibato ciertamente no es un estado menos bendecido y honorable que el matrimonio, tenemos que reconocer a Adán y Eva como nuestros modelos. El plan de Dios implicaba la unión vital de estos dos individuos que permitirían que la tierra se llenara de su “especie”.

Básicamente, no puedo señalar cuál es la voluntad de Dios para nadie en esta área más de lo que puedo o querría señalar en el área de la ocupación. Diré que los buenos matrimonios requieren trabajo arduo e individuos dispuestos a hacer que sus matrimonios funcionen.

Lo que sucede en nuestras vidas a fin de cuentas está envuelto en el misterio de la voluntad de Dios. El gozo para nosotros como sus hijos radica en que el misterio no causa terror, solo la espera, una apropiada actuación según sus principios y dirección, y la promesa de que él está con nosotros para siempre.

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