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Capítulo 1: El Significado de la Voluntad de Dios

Capítulo 2: El significado de la voluntad del hombre

 

CAPÍTULO 3:

La voluntad de Dios y su trabajo

Cuando las personas se conocen, generalmente se hacen las siguientes tres preguntas: “¿Cómo te llamas?”, “¿de dónde eres?”, y “¿a qué te dedicas?”. Esta tercera pregunta es la que nos concierne en este capítulo.

“¿A qué te dedicas?” obviamente es una pregunta por nuestra ocupación, carrera o vocación. La gente quiere saber qué tarea o servicio nos proporciona nuestro sustento o nos ayuda a realizar nuestras aspiraciones personales.

Es conocido el refrán “el trabajo sin reposo convierte al hombre en un soso”. Entendemos que la vida es más que trabajo. Dedicamos periodos de tiempo a la recreación, el sueño, el juego, y otras actividades que no son directamente parte de nuestro empleo o labor principal. Sin embargo, la porción de nuestras vidas que ocupa el trabajo es tan englobante y consume tanto tiempo que tendemos a entender nuestra identidad personal a la luz de nuestro trabajo.

Aparte de cualquier otra cosa que seamos, somos criaturas involucradas en el trabajo. Este fue el propósito de la creación; Dios mismo es un Dios de trabajo. Desde el momento mismo de la creación, les confirió a nuestros padres originales las responsabilidades del trabajo. Adán y Eva fueron llamados a atender, cultivar y cuidar la tierra, ponerles nombre a los animales, y ejercer dominio mediante una responsabilidad administrativa sobre la tierra. Todas estas actividades implicaban el uso de tiempo, energía, y recursos; en suma, trabajo.

A veces caemos en la trampa de creer que el trabajo es un castigo que Dios nos dio a consecuencia de la caída de Adán en el Huerto del Edén. Debemos recordar que el trabajo fue dado antes de la caída. Ciertamente, nuestras labores tienen cargas adicionales añadidas a causa de la caída. Una mezcla de espinos y cardos crece entre las plantas buenas que intentamos cultivar. Nuestro trabajo se realiza con el sudor de nuestra frente. Estas fueron algunas de las penalidades de la pecaminosidad, pero el trabajo mismo fue parte del glorioso privilegio concedido a hombres y mujeres en la creación. Es imposible comprender nuestra humanidad sin entender la importancia central del trabajo.

La mayoría de nosotros pasamos los primeros años de nuestra vida preparándonos y capacitándonos para una actividad de trabajo de por vida. El cristiano sensible entiende que en el desempeño de su ocupación es responsable de hacer una contribución al reino de Dios, de cumplir con un mandato divino, de embarcarse en un llamado santo como siervo del Dios viviente. Tal cristiano está intensamente interesado en descubrir la mejor forma de servir a Dios por medio de su labor.

Vocación y llamado

La idea de vocación se basa en la premisa teológica de un llamado divino. La palabra vocación proviene de la palabra latina que significa “llamado”. En nuestra sociedad secular, el significado religioso del término ha perdido su significación, y se ha convertido en un mero sinónimo de carrera. Yo usaré la palabra vocación en su sentido original: un llamado divino, una santa convocación a cumplir una tarea o responsabilidad que Dios nos ha encomendado. La pregunta con la que luchamos como cristianos es: “¿Estoy en el centro de la voluntad de Dios respecto a mi vocación?”. En otras palabras, ¿estoy haciendo con mi vida lo que Dios quiere que haga? Aquí la pregunta por la voluntad se vuelve fundamentalmente práctica, pues se relaciona con la dimensión de mi vida que ocupa la mayor parte de mis horas de vigilia y tiene el mayor impacto en la configuración de mi personalidad.

Si hay algo que la Biblia enseña, es que Dios es un Dios que llama. El mundo fue creado mediante el llamado del Creador omnipotente: “‘¡Que haya luz!’ Y hubo luz” (Génesis 1:3). Dios también llama a su pueblo al arrepentimiento, a la conversión y a la membrecía en su familia. Además, él nos llama a servirle en su reino, haciendo el mejor uso posible de nuestros dones y talentos. Con todo, la pregunta que enfrentamos es: “¿Cómo sé cuál es mi llamado vocacional particular?”.

Una de las grandes tragedias de la sociedad moderna es que, aunque el mercado laboral es vasto y complejo con un sinnúmero de posibles carreras, los sistemas educacionales que nos capacitan tienden a guiarnos y dirigirnos hacia un número muy reducido de opciones ocupacionales. Cuando me gradué de la secundaria y me disponía a ingresar a la universidad, gran parte de la discusión se centraba en la carrera que uno elegía y las aspiraciones profesionales. En ese entonces, parecía que todo el mundo se disponía a ser ingeniero. La cultura mecanizada de la década de 1950 estaba abriendo miles de lucrativos cargos en ingeniería. Las universidades estaban atiborradas de jóvenes aspirantes a títulos en el campo de la ingeniería.

También recuerdo la saturación de ingenieros en el mercado que ocurrió en la década de 1970. Se contaban historias acerca de personas con doctorados en ingeniería que estaban cobrando seguro de desempleo o lavando loza en la cafetería local porque simplemente no había suficientes empleos disponibles en ingeniería. Lo mismo podía decirse de las carreras de educación. Los cargos en educación eran cada vez menos mientras el número de postulantes era cada vez mayor. El problema se acentuaba a causa de la publicidad y la consejería mal informada que incentivaba a las personas hacia roles ocupacionales que la sociedad ya había llenado.

A comienzos del siglo XX, las opciones eran mucho menos complejas, porque la amplia mayoría de los niños estadounidenses se pasaban el tiempo preparándose para una vida en el trabajo agrícola. Hoy, alrededor del dos por ciento de la población está empleado en agricultura, una radical disminución en una ocupación que ha abierto la puerta para un gran número de otras ocupaciones.

El descubrimiento de tu vocación

La cuestión de la vocación se vuelve una crisis en dos puntos principales de la vida. La primera ocurre el final de la adolescencia, cuando la persona se ve presionada a decidir qué habilidades y conocimiento debería adquirir para usar en el futuro. Algunos estudiantes universitarios de primer año se sienten presionados a decidir su carrera en el primer año, antes de conocer las opciones disponibles y los límites de sus capacidades.

El segundo periodo en la vida cuando la vocación se vuelve crucial es a la mitad de la vida, cuando la persona experimenta una sensación de frustración, fracaso, o falta de realización en su actual puesto. Puede que se pregunte: “¿Habré desperdiciado mi vida? ¿Estaré sentenciado de por vida a un empleo que comienza a parecer sin sentido, insatisfactorio y frustrante?”. Tales preguntas subrayan el hecho de que la consejería vocacional es uno de los principales componentes de la consejería pastoral en Estados Unidos, solo superada por la consejería matrimonial.

Debemos considerar también el hecho de que la frustración vocacional es uno de los principales factores que contribuyen a la desavenencia matrimonial y los conflictos familiares. En consecuencia, es importante abordar el tema de la vocación con mucho cuidado, tanto en las etapas tempranas del desarrollo adolescente como en las etapas posteriores, cuando la sensación de frustración cala hondo.

El problema de discernir nuestro llamado se enfoca en gran medida en cuatro importantes preguntas:

  1. ¿Qué puedo hacer?
  2. ¿Qué me gusta hacer?
  3. ¿Qué me gustaría ser capaz de hacer?
  4. ¿Qué debería hacer?

La última pregunta puede acosar a la conciencia sensible. Para comenzar a responderla, necesitamos dar una mirada a las otras tres preguntas, porque están estrechamente vinculadas a la pregunta última: “¿Qué debería hacer?”.

¿Qué puedo hacer? Evaluar razonablemente nuestras capacidades, habilidades y aptitudes es una parte crucial y básica del proceso de decisión al elegir una vocación. Tenemos que preguntarnos: “¿Qué habilidades tengo? ¿Para qué estoy capacitado?”.

Podemos objetar que tanto Moisés como Jeremías protestaron contra el llamado de Dios diciendo que no estaban capacitados para la tarea. Moisés protestó que tenía capacidades discursivas limitadas, y Jeremías le recordó a su Creador su juventud. Ambos experimentaron la reprensión de Dios por tratar de evadir un llamado divino sobre la base de la endeble afirmación de que no tenían la capacidad para hacer el trabajo.

Ni Moisés ni Jeremías tenían una plena comprensión de lo que se necesitaba para llevar a cabo el llamamiento que Dios les hizo. Moisés, por ejemplo, protestó que no tenía habilidades para hablar. Pero Dios había preparado a Aarón para que le ayudara a Moisés con parte de la tarea. Lo que Dios estaba buscando de Moisés era un obediente liderazgo; el hablar en público se le podía delegar a otro. Ciertamente, Dios tomó en cuenta los dones, capacidades y aptitudes de Moisés antes de llamarlo.

Debemos recordar que Dios es el Gerente perfecto. Él es eficiente en su selección, y llama a las personas según los dones y talentos que él les ha dado. La estrategia de Satanás consiste en manipular a los cristianos para que tomen cargos sin tener capacidades o aptitudes para desempeñarse bien en ellos. Satanás mismo es muy eficiente en dirigir a los cristianos a la ineficiencia y la inefectividad.

¿Qué puedo hacer? Esta pregunta puede responderse mediante exámenes de la aptitud, análisis de nuestras fortalezas y debilidades, y una sobria evaluación de nuestro desempeño anterior. Las capacidades y el rendimiento pueden ser y son medidos de maneras sofisticadas en nuestra sociedad. Necesitamos conocer los parámetros de nuestras capacidades.

La gente suele postular a cargos para los cuales no tienen capacidades. Esto es especial y tristemente cierto dentro de la iglesia y en el servicio cristiano relacionado. Algunos tienen hambre y sed de estar en el servicio cristiano a tiempo completo pero carecen de la capacidad y los dones necesarios para el trabajo en particular. Por ejemplo, puede que tengan la formación académica y las credenciales para el pastorado, pero carecen de las habilidades administrativas o las habilidades sociales para ser pastores efectivos.

Quizá el principio más importante en la Escritura respecto a las capacidades se encuentre en la orden de Pablo de que debemos hacer un sensato análisis de nosotros mismos, sin tener un concepto demasiado alto de nosotros (Romanos 12:3). A través de un sensato análisis, podemos hacer una evaluación seria, honesta y clara de lo que podemos y lo que no podemos hacer, y deberíamos actuar en consecuencia.

El joven tiene una pregunta distinta: ¿Qué me gustaría ser capaz de hacer? Puede que esa persona haya desarrollado muy pocas capacidades o tenga poca formación académica, pero se da cuenta de que tiene tiempo suficiente para adquirir habilidades y talentos mediante educación o capacitación vocacional.

En este punto, el concepto de aptitud es relevante. La aptitud incluye las capacidades latentes de la persona como también sus habilidades adquiridas. Una persona puede tener cierta aptitud para las cosas mecánicas y no tener ningún tipo de aptitud para cosas abstractas. Puede que esa persona desee ser filósofo pero haría una mucho mejor inversión de su tiempo aprendiendo a ser un mecánico aeronáutico. Sin embargo, las preferencias no dejan de ser importantes. Aquí entramos en la crítica y aterradora área de la experiencia humana llamada el ámbito de la motivación.

Las capacidades motivadas

Las investigaciones indican que la mayoría de las personas poseen más de una capacidad, y que sus capacidades pueden dividirse en dos tipos básicos: capacidades motivadas y capacidades no motivadas. Una capacidad no motivada es una habilidad o una fortaleza que una persona posee pero no está motivada a usar. Algunas personas son muy buenas haciendo ciertas cosas, pero no encuentran ninguna satisfacción o agrado especiales en hacerlas. Realizarlas significa un completo tedio y dolor. Puede que sean expertos en lo que hacen, pero por algún motivo u otro la tarea les parece odiosa.

He sabido de una joven que al comienzo de su adolescencia atrajo la atención nacional debido a su destreza en el juego del golf. Mientras aún era adolescente, ganó un torneo nacional. Pero llegado el tiempo en que las chicas de su edad se hacían profesionales, ella eligió una vocación distinta, no por un elevado llamado a intentar una empresa más espiritual que el deporte profesional, sino porque el golf le parecía muy desagradable. Su desagrado era el resultado de la intensa presión que su padre había puesto sobre ella al urgirla a convertirse en una experta golfista a temprana edad. Cuando alcanzó la mayoría de edad y salió de la autoridad paternal, ella decidió hacer otra cosa. Tenía la habilidad para ser una golfista profesional, pero carecía de la motivación.

Podríamos preguntar: “¿Cómo pudo volverse tan hábil al comienzo si no había sido motivada para rendir bien en el golf?”. Debemos tener presente que había sido motivada para volverse hábil, pero la motivación se basaba en gran medida en el miedo a la ira de su padre. Con el fin de complacerlo, se disciplinó para adquirir una habilidad que nunca habría buscado por sí misma. Una vez liberada de la fuerza impulsora de la autoridad del padre, ella volcó sus intereses vocacionales en otra dirección. La moraleja de esta historia es obvia. La persona que entrega todo su tiempo y energías a una habilidad no motivacional es una olla a presión de frustración andante.

Es cierto que como cristianos no siempre podemos darnos el lujo de hacer las cosas que queremos hacer. Dios nos llama al sacrificio y a estar dispuestos a participar de la humillación de Cristo. Ciertamente, vivimos en medio de una guerra, y como cristianos nos hemos alistado por todo el tiempo que esta dure. Nunca deberíamos abandonar nuestra admirable responsabilidad con el reino de Dios. Junto con estar llamados a ser siervos, estamos llamados a la obediencia. A veces somos llamados a hacer cosas que no disfrutamos especialmente. No obstante, la consideración predominante es hacer que nuestra motivación se conforme a nuestro llamado y que nuestro llamado se conforme a nuestra motivación.

En principio, Jesús no quería ir a la cruz, como expresó en su agonía en el Huerto de Getsemaní. No obstante, al mismo tiempo, su deseo y su motivación primordiales eran hacer la voluntad de su Padre. Esa era su “comida y bebida”, el centro de su devoción. Cuando tuvo la confirmación de que era la voluntad del Padre que él diera su vida, Jesús, en un sentido muy real y vital, estaba motivado a hacerlo.

Extendamos el concepto de servicio y obediencia a la analogía de la guerra humana. Una crisis azota a la nación, y la gente es convocada a la causa de la defensa nacional. Dejando la seguridad y la comodidad de sus casas y empleos, ellos hacen sacrificios alistándose en el servicio armado. ¿No están llamados los cristianos a hacer lo mismo? Ciertamente hay un sentido en el que lo estamos. Con todo, en el contexto de la milicia terrenal, hay un vasto número de empleos, algunos para los cuales seríamos aptos y otros para los cuales no. Algunas tareas militares estarían en línea con nuestras habilidades y patrones de conducta motivados, mientras que otras estarían en conflicto con nuestras habilidades y conducta motivadas. Aun dentro del contexto del servicio sacrificial, una consideración de la motivación es un elemento vital para determinar nuestra vocación.

Algunos individualistas empedernidos en nuestra sociedad trabajan en forma independiente y a ellos les parece totalmente innecesario acomodarse a una estructura de trabajo organizacional que incluya supervisores, jefes, y jerarquías. La mayoría de nosotros, sin embargo, desarrollamos nuestra vida laboral dentro del contexto de una organización. Aquí enfrentamos el problema de la compatibilidad. ¿Es compatible nuestro empleo con nuestros dones, talentos, y aspiraciones? ¿Son compatibles nuestras capacidades motivadas con nuestros empleos? El grado en el que coinciden los requisitos de nuestro empleo con nuestras capacidades motivadas a menudo determina la utilidad de nuestra contribución y el alcance de nuestra satisfacción personal.

Cuando las motivaciones personales no son compatibles con la descripción del empleo, mucha gente sufre. La primera que sufre es la persona, porque trabaja en un empleo que no se ajusta a sus capacidades motivadas. Dado que está en un empleo para el que no es apta, tiende a ser menos eficiente y menos productivo. Además, genera problemas para los demás en la organización, porque su frustración se difunde y tiene un efecto negativo en el grupo.

Algunos de nosotros estamos lo bastante “santificados” como para realizar tareas asignadas para las cuales nos falta motivación, y las hacemos con tanta destreza como aquellas que son más placenteras. Sin embargo, la gente así de santificada constituye una minoría infinitesimal dentro de la fuerza laboral. Las investigaciones muestran una y otra vez que existe una fuerte tendencia a que las personas hagan lo que están motivadas a hacer, independientemente de lo que se exija en la descripción de su empleo. Es decir, ocupan la mayor parte de su tiempo y esfuerzo haciendo lo que quieren hacer en lugar de lo que el empleo efectivamente les pide que hagan. Tal inversión de tiempo y energía puede resultar bastante costosa para una compañía o una organización.

Los siguientes sencillos diagramas muestran la relación entre los patrones de capacidades motivadas y las descripciones de los empleos. Los hemos tomado prestados de People Management, una organización con base en Connecticut. People Management ayuda a la gente a discernir sus patrones de capacidades motivadas y ayuda a las organizaciones a coordinar los dones y motivaciones de las personas con las necesidades y objetivos de las organizaciones. Este tipo de orientación no solo funciona en la industria secular sino también dentro de las estructuras de la iglesia y las vocaciones sagradas.

  Diagrama de incompatibilidad  
         
  Descripción del empleo   Capacidades no usadas Frustración personal
Frustración organizacional Tareas no realizadas   Capacidades motivadas  
         
  Compatibilidad con el empleo  

En este diagrama, el bloque superior izquierdo representa la descripción del trabajo del empleado, incluidas las tareas requeridas para un funcionamiento organizacional óptimo.

El bloque inferior derecho representa las capacidades motivadas del empleado. El área sombreada representa el área de compatibilidad con el empleo. No está en equilibrio. Una gran porción de las capacidades motivadas del empleado no están en uso. Esto le causa frustración al empleado.

Además, una gran porción de la descripción del empleo de la organización o queda sin realizar o bien se realiza a un bajo grado de pericia. El resultado es la frustración organizacional. Este patrón acarrea problemas tanto para el empleado en particular como para la organización. Se necesitan cambios.

El diagrama a continuación representa una compatibilidad ideal entre la descripción del empleo y las capacidades motivadas. El resultado es la satisfacción tanto del empleado como de la organización.

     
  Capacidades motivadas  
     
  Descripción del empleo  
  Capacidades motivadas  
     

Mediante la influencia del espíritu del maniqueísmo que negaba el mundo, los primeros cristianos adoptaron la idea de que la única manera en que podían servir a Dios sería vivir la vida en una cama de clavos. Se asumía que involucrarse en un camino de servicio implicaba abnegación. La verdadera virtud solo podía encontrarse en ser lo más desdichado posible en el trabajo. Sin embargo, si Dios efectivamente nos llama a dedicarnos a las tareas más desagradables que sean posibles, él sería el Jefe cósmico de los Malos Gerentes.

La Escritura describe de otra forma el estilo gerencial de Dios. Dios administra insertándonos en un cuerpo según nuestras capacidades y nuestros deseos. Él da dones a cada una de sus personas. Cada cristiano está dotado por el Señor para realizar una vocación divina. Junto con el don, Dios concede un deseo o una motivación para usar ese don.

¿Qué deberíamos hacer?

Esto nos lleva a la pregunta final y fundamental: “¿Qué debería hacer?”. El consejo más práctico que puedo dar es que hagas lo que tu patrón de capacidades motivadas indica que puedes hacer con un alto grado de motivación. Si lo que te gustaría hacer pude servir a Dios, entonces definitivamente deberías estar haciéndolo.

Hay una limitación vital en acción: la voluntad preceptiva de Dios. Si la gran capacidad y motivación de una mujer fuera ser prostituta y la capacidad motivada de un hombre fuera ser el mayor ladrón de bancos del mundo, entonces obviamente los objetivos vocacionales necesitarían un ajuste. La realización de tales capacidades motivadas pondría a las personas en abierto conflicto con la voluntad preceptiva de Dios.

Si analizáramos cuidadosamente las razones fundamentales de la capacidad motivada del ladrón de bancos y la capacidad motivada de la prostituta, probablemente encontraríamos capacidades y motivaciones fundamentales que podrían ser encausadas de manera rentable y productiva hacia iniciativas piadosas. No solo debemos hacer que nuestras capacidades motivadas se conformen a la ley de Dios, sino que además debemos asegurarnos de que la vocación que elegimos cuente con la bendición de Dios.

Ciertamente no tiene nada de malo, por ejemplo, dedicar la vida a la práctica de la medicina, porque vemos el bien que la medicina puede hacer en cuanto a aliviar el sufrimiento. También entendemos que el mundo necesita pan para comer y que la vocación del panadero para alguien que esté motivado y sea capaz de hacer pan es un piadoso esfuerzo. Jesús mismo pasó muchos de sus años no predicando ni enseñando sino siendo un carpintero, un artesano en una ocupación legítima. Durante esos años, Jesús estaba en “el centro de la voluntad de Dios”.

Cualquier vocación que satisfaga las necesidades del mundo de Dios puede considerarse un llamado divino. Hago hincapié en esto debido a la tendencia en los círculos cristianos a pensar que solo aquellos que se involucran en un “servicio cristiano a tiempo completo” son sensibles a la vocación divina, como si predicar y enseñar fuesen las únicas tareas legítimas a las que Dios nos llama. Una lectura somera de la Biblia revelaría la deficiencia de esa idea. En el Antiguo Testamento, el templo fue construido no solo mediante la sabia supervisión de Salomón, sino además por la maestría de los que estaban divinamente dotados para tallar, esculpir, y todo lo demás.

La vocación de David como pastor, la vocación de Abraham como comerciante de caravanas, la vocación de Pablo como fabricante de tiendas; todas estas vocaciones se consideraron parte del plan de Dios para llevar a cabo la redención del mundo. Cuando Dios hizo a Adán y Eva, ninguno fue llamado a ser un trabajador profesional a tiempo completo en la estructura eclesiástica; ellos básicamente fueron llamados a ser agricultores.

Una vocación es algo que recibimos de Dios; él es quien nos llama. Puede que no nos llame de la forma en que llamó a Moisés, apareciendo en un arbusto ardiente y dando una lista específica de instrucciones. Él más bien suele llamarnos interiormente y dándonos ciertos dones, talentos y aspiraciones. Su invisible voluntad soberana ciertamente está trabajando en el trasfondo para prepararnos para tareas útiles en su viña.

El llamado externo de otras personas

Además del llamado interno de Dios, reconocemos que hay algo así como un llamado externo a trabajar, un llamado que proviene de personas que solicitan nuestros servicios para su misión o propósito en particular. Puede que la iglesia nos llame a ser predicadores o una compañía nos llame a ser supervisores o transportistas. Cada vez que una organización pone el aviso “se necesita” en un diario, se está haciendo un llamado humano para que vengan trabajadores aptos y hagan converger sus dones y talentos con una necesidad surgida.

Algunos cristianos han aducido que la necesidad siempre constituye el llamado. Ellos dicen que hay una necesidad de evangelistas en el mundo y por lo tanto todos deberían ser evangelistas. Estoy de acuerdo en que debemos considerar las necesidades del reino de Dios al tomar decisiones vocacionales. Sin embargo, el hecho mismo de que el mundo necesite evangelistas no necesariamente implica que todos en el mundo estén llamados a ser evangelistas. Una vez más, el Nuevo Testamento deja claro que no todos están llamados a ser predicadores o administradores. La iglesia está compuesta de personas con una diversidad de dones, talentos, y vocaciones. No debemos suponer de manera simplista y pasiva que la necesidad constituye el llamado.

La presencia de una necesidad ciertamente requiere que el pueblo de Dios se esfuerce por suplir esa necesidad. Sin embargo, eso no necesariamente significa que la gente que no está capacitada para suplir la necesidad sea por ello obligada a llenar el vacío. Por ejemplo, es responsabilidad de cada cristiano ayudar a cumplir el mandato del evangelismo. No es responsabilidad de todo cristiano ser evangelista. Yo no soy evangelista, aunque contribuyo al evangelismo enseñando teología a los evangelistas y aportando dinero para la tarea del evangelismo de la iglesia. Hago estas cosas para que aquellos que tienen el don y la motivación sean llamados, entrenados, capacitados y enviados al mundo como evangelistas. Yo participo en la responsabilidad del cuerpo de Cristo para lograr que la tarea se cumpla, pero no soy yo mismo el que entrega las buenas nuevas como el evangelista practicante. Lo mismo podría decir de un sinnúmero de otras vocaciones.

¿Cómo afectan los demás nuestro llamado vocacional? Realmente necesitamos escuchar a la comunidad de creyentes y amigos. A veces nuestros dones y capacidades son más evidentes para quienes nos rodean que para nosotros. El consejo de muchos y la evaluación del grupo son consideraciones importantes en la búsqueda de nuestra vocación. Sin embargo, debemos izar una bandera roja de advertencia. El juicio del grupo no siempre es correcto. El hecho de que una persona o un grupo en particular piensen que deberíamos estar haciendo cierta labor no es garantía de que esa sea la voluntad de Dios.

Yo pasé por un periodo en mi vida en el que estuve sin empleo durante seis meses. Durante ese tiempo tuve cinco ofertas de empleo en cinco ciudades distintas de Estados Unidos. Cinco diferentes amigos vinieron a mí y me dijeron con sinceridad y urgente entusiasmo que ellos estaban seguros de que Dios quería que tomara cada uno de los trabajos en particular. Esto significaba que si los cinco tenían un canal directo con la voluntad de Dios, Dios quería que yo tuviera cinco cargos a tiempo completo y viviera en cinco ciudades distintas de Estados Unidos al mismo tiempo. Les expliqué a mis amigos que yo sabía que era inicuo (lleno de pecado), pero aún no había descubierto el don de ser ubicuo (estar en todas partes al mismo tiempo). Simplemente me era imposible realizar los cinco trabajos. Alguien estaba equivocado en su estimación de la voluntad de Dios para mi vida.

Me resulta muy difícil resistirme a las presiones provenientes de personas que están seguras de que saben lo que Dios quiere que haga con mi vida. Todos experimentamos ese tipo de presión, así que debemos ser cuidadosos al poner atención a aquellos en cuyo juicio confiamos. Debemos ser capaces de discernir entre juicio sensato y los intereses personales de otras personas.

Al final, resultó que acepté un sexto cargo por el cual nadie vino a mí a medianoche con un telegrama de Dios. Yo estaba convencido de que era en el sexto cargo donde convergían mis capacidades con el trabajo que necesitaba hacerse.

Consideración de consecuencias previsibles

Una última consideración que suele descuidarse pero es de crucial importancia son las consecuencias previsibles del empleo. Tomar un empleo simplemente por el dinero o por la ubicación geográfica es un trágico error. En principio, a mi me gustaría tener un sueldo de un millón de dólares al año, ser profesor de teología y vivir donde el clima sea templado los doce meses del año. Actualmente soy profesor de teología y vivo en Florida, pero gano mucho menos de un millón de dólares al año. En algún punto del camino tuve que tomar una decisión acerca de mis prioridades. ¿Quería ganar un millón de dólares o quería hacer caso de mi llamado vocacional? Mi domicilio estaba determinado por la ubicación de mi vocación.

Las decisiones laborales tienen consecuencias tanto a corto plazo como alargo plazo. Consideremos el caso de Abraham y su sobrino Lot, quienes vivían y trabajaban en la Tierra Prometida. Los conflictos entre sus empleados hicieron necesario que dividieran el territorio que estaban ocupando. Abraham le dio a Lot la posibilidad de elegir, ofreciéndole la mitad que quisiera. Lot miró hacia el área desierta de Transjordania y luego miró hacia el fértil valle cercano a la ciudad. Él pensó un instante: “Si tomo el valle fértil, allí mis vacas pueden pastar y engordar. Está cerca del mercado de la ciudad. Tendré grandes ganancias”. Tomando en consideración sus negocios, Lot optó por las fértiles áreas alrededor de la ciudad y dejó a Abraham la tierra desierta. La decisión de Lot era brillante —desde el punto de vista de la crianza de ganado. Él no se preguntó: “¿Dónde irá mi familia a la escuela? ¿Dónde irá mi familia a la iglesia?”. La ciudad elegida era Sodoma —un excelente lugar para criar vacas. Las consecuencias a corto plazo fueron favorables, pero la vida a largo plazo en Sodoma resultó un desastre en muchas formas.

¿De qué manera nuestras decisiones laborales conducirán al cumplimiento de nuestras demás responsabilidades? La persona que elige una vocación solamente sobre la base del dinero, la ubicación, o el estatus, tiene su posterior frustración prácticamente garantizada.

Gran parte de la confusión que a menudo experimentamos en el ámbito laboral se disiparía si nos hiciéramos una sencilla pregunta: “¿Qué es lo que más me gustaría hacer si no tuviera que complacer a nadie en mi familia o mi círculo de amigos?”. Otra buena pregunta es: “¿Qué me gustaría estar haciendo en diez años más?”. Es bueno tener presentes estas preguntas incluso después de que uno se ha instalado en un empleo en particular. Otra cosa que se debe recordar es la promesa de la Palabra de Dios de que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Como hijos suyos, eso incluye nuestra área laboral.

Si bien puede que la voluntad decretiva de Dios no siempre esté clara para nosotros en nuestros objetivos ocupacionales, su voluntad preceptiva se discierne con mayor facilidad. Dondequiera que nos encontremos, cualquiera que sea el trabajo en el que estemos, se debe hacer su voluntad preceptiva.

Finalmente, ¿qué espera Dios de nosotros en relación a nuestro trabajo? Como cristianos, hemos sido llamados a ser sal espiritual en un mundo en decadencia, a ser luz espiritual en medio de la oscuridad. Debemos ser sabios administradores de los dones y talentos de Dios. Eso significa esforzarse por ser el trabajador más honesto, paciente, empeñoso y comprometido que podamos ser. Significa no conformarse con nada inferior a la excelencia. Que Dios nos ayude a vivir conforme a su alto llamado para cada uno de nosotros.

 

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Capítulo 4: La voluntad de Dios para el matrimonio

 

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