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Capítulo 1: El Significado de la Voluntad de Dios

 

CAPÍTULO 2:

El significado de la voluntad del hombre

La frase libre albedrío aplicada al ser humano a menudo se declara pomposamente con escasa o nula comprensión de su significado. En efecto, no existe una teoría unificada del libre albedrío del hombre, sino una variedad de posturas al respecto que compiten y a menudo entran en conflicto.

La cuestión del libre albedrío del hombre se complica aún más por el hecho de que debemos examinarla en relación a cómo funcionó la voluntad antes y después de la caída de Adán. Es de suma importancia de qué manera afectó la caída las decisiones morales del hombre.

Agustín le dio a la iglesia un detallado análisis del estado de libertada que disfrutaba Adán antes de la caída. Su concepto clásico de libertad distinguía cuatro posibilidades. En latín, estas son:

  1. posse peccare: capaz de pecar
  2. posse non peccare: capaz de no pecar (o de permanecer libre de pecado).
  3. non posse peccare: incapaz de pecar
  4. non posse, non peccare: incapaz de no pecar

Agustín argumentaba que antes de la caída, Adán poseía tanto la capacidad de pecar (posse peccare) como la capacidad de no pecar (posse non peccare). Sin embargo, Adán no poseía el estado exaltado de la incapacidad de pecar de la que Dios goza (non posse peccare). La incapacidad de pecar de Dios no se basa en una impotencia interior de Dios para hacer lo que quiera, sino más bien en el hecho de que Dios no tiene un deseo interior de pecar. Puesto que el deseo de pecar está completamente ausente en Dios, no hay motivo para que Dios elija el pecado.

Antes de la caída, Adán no poseía la perfección moral de Dios, pero tampoco era incapaz de abstenerse de pecar (non posse, non peccare). Durante su tiempo “a prueba” en el huerto, él tenía la capacidad de pecar y la capacidad de no pecar. Él decidió ejercer la capacidad de pecar y así hundió a la raza humana en la ruina.

En consecuencia, el primer pecado de Adán fue traspasado a todos sus descendientes. El pecado original no se refiere al primer pecado sino al castigo de Dios de esa primera transgresión. Debido al primer pecado, la naturaleza humana cayó en un estado moralmente corrupto, que en sí mismo era en parte un juicio de Dios. Cuando hablamos de pecado original, nos referimos a la condición humana caída que refleja el juicio de Dios sobre la raza.

La condición caída del hombre

Los cristianos difieren en sus posturas respecto al alcance y la gravedad de la caída. Sin embargo, se concede casi universalmente que al tratar con la raza humana, estamos tratando con una raza caída. Agustín situó la profundidad de la condición caída del hombre en su pérdida de los poderes originales de justicia. El hombre ya no tiene la capacidad de no pecar. En el estado caído del hombre, su trance consiste en su incapacidad de evitar pecar (non posse, non peccare). En la caída se perdió algo profundamente vital para la libertad moral.

Agustín declaró que en su estado previo a la caída, el hombre disfrutaba tanto de libre albedrío (liberum arbitrium) como de libertad moral (libertas). A partir de la caída, el hombre siguió teniendo un libe albedrío, pero ha perdido la libertad moral de la que una vez gozó.

Quizá el estudio más perceptivo de la cuestión del libre albedrío del hombre caído sea la épica obra de Jonathan Edwards On the Freedom of the Will (Sobre la libertad de la voluntad). Edwards y Agustín difieren en la terminología, pero su significado es esencialmente el mismo. Edwards distinguía entre la capacidad natural de la libertad y la capacidad moral de la libertad. La capacidad natural tiene que ver con los poderes de acción y elección que poseemos por naturaleza. Entre las capacidades naturales del hombre están las facultades de pensar, caminar, hablar, comer, etc. El hombre carece de la capacidad natural de volar, de vivir bajo el agua como un pez, o de hibernar durante meses sin comida. Puede que deseemos volar, pero carecemos del equipamiento natural necesario para realizar nuestro deseo. Nuestra libertad tiene cierta restricción inherente relacionada con las limitaciones de nuestras facultades naturales.

Respecto a la toma de decisiones, el hombre caído aún tiene la capacidad natural y las facultades naturales necesarias para tomar decisiones morales. El hombre todavía puede pensar, sentir, y desear. Aún tiene todo el equipamiento necesario para tomar decisiones. Lo que le falta al hombre caído es la disposición moral, el deseo, o la inclinación a la justicia.

En palabras simples, el hombre todavía tiene la capacidad de elegir lo que quiere, pero le falta el deseo de la verdadera justicia. Es naturalmente libre, pero moralmente esclavo de sus propios deseos corruptos y malvados. Tanto Edwards como Agustín dijeron que el hombre aún es libre de elegir, pero si se le deja a su arbitrio, el hombre nunca elegirá la justicia, precisamente porque no la desea.

Edwards llevó la cuestión un paso más allá. Él dijo que el hombre todavía posee no solo la capacidad sino la inherente necesidad de elegir según sus deseos. No solo podemos elegir lo que queremos, sino que debemos elegir lo que queremos. Es en este punto que suena la protesta: ¿es la libre elección una ilusión? Si debemos elegir lo que elegimos, ¿cómo puede decirse que tal elección sea libre? Si somos libres de elegir lo que queramos pero solo queremos lo que es malo, ¿cómo podemos hablar aún de libre albedrío? Es precisamente por esto que Agustín distinguió entre libre albedrío y libertad, diciendo que el hombre caído aún tiene libre albedrío pero ha perdido su libertad. Es por ello que Edwards dijo que aún tenemos libertad natural pero hemos perdido la libertad moral.

¿Para qué hablar de libertad al fin y al cabo, si solo podemos elegir pecar? La clave del asunto radica en la relación entre elección y deseo, o disposición. La tesis de Edwards es que siempre elegimos según la inclinación o disposición más potente del momento. Una vez más, no solo podemos elegir según nuestros deseos más fuertes, sino que debemos elegir según nuestros deseos más fuertes del momento. Tal es la esencia de la libertad: que soy capaz de elegir lo que quiero cuando lo quiero.

Si debo hacer algo, entonces en cierto sentido mis acciones están determinadas. Pero si mis acciones están determinadas, ¿cómo puedo ser libre? La respuesta clásica a esta difícil pregunta es que la determinación de mis decisiones proviene de mi interior. La esencia de la libertad es la autodeterminación. Es cuando mis decisiones se ven obligadas por coerción externa que he perdido mi libertad. Ser capaz de elegir lo que quiero en virtud de la autodeterminación no destruye la libertad sino que la establece.

Las decisiones brotan de los deseos

Elegir según el deseo o inclinación más fuerte del momento simplemente significa que las decisiones que tomo tienen un motivo. En cierto punto, Edwards definió la voluntad como “la mente que elige”. La elección real es un efecto o resultado que requiere una causa antecedente. La causa se sitúa en la disposición o deseo. Si todos los efectos tienen causas, entonces asimismo todas las elecciones tienen una causa. Si la causa es algo distinto a mí, entonces soy víctima de coerción. Si la causa está en mi interior, entonces mi elección es autodeterminada o libre.

Pensemos en la tesis de Edwards de que siempre elegimos de acuerdo a la inclinación o deseo más fuerte del momento. Pensemos, por dar un ejemplo, en la decisión más inocua que uno podría tomar en el transcurso del día. Quizá alguien asista a la reunión de un grupo y decida sentarse al lado izquierdo en el tercer asiento desde el final de la cuarta fila en la parte anterior de la sala. ¿Por qué eligió ese asiento? Con toda probabilidad, al entrar a la sala, no se entregó a un detallado análisis de sus preferencias en relación a los asientos. No es probable que haya hecho un gráfico para determinar cuál asiento era mejor. Lo más probable es que haya tomado la decisión rápidamente, con poca o ninguna evaluación consciente y con una sensación de aparente espontaneidad. ¿Significa eso, no obstante, que tomó la decisión sin motivos? Tal vez la persona se sentó en ese lugar porque en esas reuniones se siente cómodo sentado al lado izquierdo. Quizá le atrajo ese asiento porque estaba cerca de un amigo o estaba junto a la salida. En situaciones como esta, la mente evalúa un cúmulo de factores contributivos tan rápidamente que tendemos a pensar que nuestras reacciones son espontáneas. La verdad es que algo en esta persona desencadenó el deseo de sentarse en determinado asiento; de lo contrario, su decisión fue un efecto sin causa.

Quizá su elección de un asiento estuvo determinada por fuerzas ajenas a su control. Quizá el asiento que eligió era el único desocupado, de manera que no tuvo elección en absoluto. ¿Es eso totalmente cierto? También estaba la opción de quedarse de pie en el fondo de la sala. O también estaba la opción de abandonar la reunión definitivamente. La persona eligió sentarse en el único asiento disponible porque su deseo de sentarse era más fuerte que su deseo de permanecer de pie y su deseo de quedarse era más fuerte que su deseo de irse.

Consideremos una ilustración más extraordinaria. Supongamos que en el camino a casa de regreso de la reunión nuestra persona se encuentra con un asaltante que la apunta a la cabeza con una pistola y le dice: “Tu dinero o tu vida”. ¿Qué hará esa persona? Si accede a la exigencia y entrega la billetera, se convertirá en víctima de coerción, y no obstante en cierta medida habrá ejercido una decisión libre. La coerción proviene del hecho de que el hombre armado restringe drásticamente sus opciones a dos. El elemento de libertad que se mantiene surge del hecho de que la persona aún tiene dos opciones y que elige aquella por la que siente un deseo más fuerte en el momento.

En circunstancias normales, la persona no tiene ningún deseo de donarle el dinero a un ladrón que no lo merece. Sin embargo, menos aun desea que el tiro del asaltante deje su cerebro tirado en la vereda. Dado el escaso número de opciones, todavía elige según la inclinación más fuerte en ese momento. Siempre hacemos lo que realmente queremos hacer.

Alguien dirá que la Biblia enseña que no siempre hacemos lo que queremos hacer. El apóstol Pablo se lamentaba en Romanos 7 que no hacía el bien que quería hacer, y lo que no quería hacer es lo que en realidad hacía. La frustración de Pablo por la maldad de su condición pareciera refutar completamente la tesis de Edwards acerca de la relación entre la decisión y el deseo. Sin embargo, Pablo no estaba expresando un análisis de la relación causal entre deseo y elección. Él estaba expresando una profunda frustración que se centra en la maraña de deseos que asaltan la voluntad humana.

Somos criaturas con una multitud de deseos, muchos de los cuales están en violento conflicto entre sí. Una vez más, considera la dimensión “en circunstancias normales” de nuestras decisiones morales. Como cristiano, tengo un profundo deseo de agradar a Cristo con mi vida y adquirir justicia. Ese buen deseo de obediencia a Dios no es ni perfecto ni puro, en tanto que lucha diariamente con mis otros deseos de mi personalidad pecaminosa. Si no tuviera deseos en conflicto, nunca sería desobediente. Si mi único deseo, o mi deseo más fuerte, fuera obedecer a Dios continuamente, nunca pecaría contra él voluntariamente. Sin embargo, hay ocasiones en que mi deseo de pecar es mayor que mi deseo de obedecer; cuando eso ocurre, cometo pecado. Cuando mi deseo de obedecer es más grande que mi deseo de pecar, entonces me abstengo de pecar. Mis decisiones revelan con mayor claridad y certeza que ninguna otra cosa el nivel de mi deseo.

El deseo, como el apetito, no es constante. Nuestros niveles de deseo fluctúan día a día, hora a hora, y minuto a minuto. El deseo se mueve con un patrón de flujo y reflujo como las olas del mar. La persona que hace dieta experimenta punzadas de hambre cada vez más intensas en diversos momentos del día. Es fácil decidirse a hacer dieta cuando uno está saciado. Asimismo, es fácil decidirse a ser justo en medio de una conmovedora experiencia espiritual de oración. No obstante, somos criaturas de estados de ánimo cambiantes y fugaces deseos que aún no han alcanzado una constancia de la voluntad basada en deseos piadosos permanentes. En tanto que exista un conflicto de deseos, y en el corazón quede un apetito por pecar, el ser humano no será totalmente libre en el sentido moral del que habló Edwards, ni experimentará la plenitud de la libertad descrita por Agustín.

Elección como acto espontáneo

En contra de la postura de Agustín sobre el libre albedrío está la noción clásica que describe la acción o actividad de elección en términos puramente espontáneos. Según este concepto, la voluntad escoge y es libre no solo de factores externos de coerción, sino de cualquier gobierno interior de disposición o deseo. La elección del momento procede libremente en el sentido de que ninguna inclinación o disposición previa controla, dirige o afecta la decisión que se toma. Es seguro decir que esta es la postura dominante del libre albedrío en la cultura de Occidente y es la postura que Calvino tenía en mente cuando declaró: “El libre albedrío es un concepto demasiado grandioso para aplicarlo al hombre”. En el fondo, implica que el hombre puede tomar decisiones que son efectos sin causa alguna. Aquí se sugiere que el poder del hombre para producir un efecto sin una causa excede incluso al poder creativo del Dios Todopoderoso. Además, se rompe la regla cardinal de causalidad —ex nihilo, nihil fit (“nada sale de la nada”). Tal visión de la libertad no solo es repulsiva para la Escritura sino para la razón.

Entender la libertad como una elección puramente espontánea sin una disposición previa que la controle es despojar a la libertad de cualquier significación moral. Es decir, si yo actúo sin ningún motivo anterior o ninguna inclinación previa hacia o contra la justicia, ¿cómo puede decirse que mi acto sea realmente moral? Tal actividad no tendría una razón o motivo de fondo; sería una acción puramente fortuita, sin implicar ninguna virtud moral.

Sin embargo, queda una pregunta más profunda: ¿es realmente posible una acción de ese tipo? Si la voluntad no se inclina ni a la izquierda ni a la derecha, ¿cómo podría elegir realmente? Si no existe una disposición hacia o contra la acción, entonces la voluntad sufre de una completa parálisis. Es como el asno que tenía por delante un fardo de heno y un balde de avena. La inclinación del asno hacia el heno y la avena era exactamente igual, sin el más mínimo grado de preferencia hacia uno o la otra. Cuenta la historia que en tales circunstancias el asno muere de hambre delante de un suculento festín porque no tiene forma de elegir entre lo uno o lo otro.

El problema práctico que persiste con la visión clásica de la libertad es uno que plantea la psicología conductista. Si el hombre efectivamente es autodeterminado o libre, ¿no implica eso que si se conocieran completamente sus deseos, la acción del hombre en cada circunstancia dada sería totalmente predecible? Hay un sentido en el que debemos concordar en que tal previsibilidad estaría implicada. Sin embargo, no hay forma en que algún genio aparte de Dios y su omnisciencia pudiera conocer todos los complejos factores presentes en la mente al evaluar una elección.

Reconocemos con los psicólogos que en muchos sentidos las preferencias e inclinaciones están configuradas por la experiencia y el entorno, pero no podemos predecir con certeza lo que hará un ser humano cualquiera. Esta imposibilidad de predicción está determinada por variables ocultas al interior del complejo de la personalidad humana. No obstante, sigue siendo un hecho que siempre hay una razón para nuestras acciones, una causa de nuestras decisiones. Esa causa surge en parte de nosotros mismos y en parte de las fuerzas que operan a nuestro alrededor y en nuestra contra.

Definición de libertad

El camino más seguro adonde dirigirse es definir la libertad como lo hicieron los padres de la iglesia, tales como Agustín: “la capacidad de elegir lo que queremos”. La soberanía de Dios no anula esta dimensión de la personalidad humana, pero ciertamente la regula.

De las rígidas formas de determinismo viene el grito desesperado: “Si los complejos factores que conforman la personalidad determinan completamente mis decisiones, ¿entonces de qué sirve la superación personal o la búsqueda de la justicia? Si mi voluntad está esclavizada por mis disposiciones y deseos, ¿qué esperanza tengo de romper alguna vez los patrones del pecado que son tan destructivos para mi actual tipo de conducta?”.

En un sentido real, el proceso de santificación implica una radical reprogramación del yo interior. No somos víctimas de fuerzas mecánicas ciegas que controlan nuestro destino. Como seres inteligentes, podemos hacer algo para cambiar las disposiciones de nuestro corazón y las inclinaciones de nuestra mente.

Es importante recordar que el deseo no es un poder fijo y constante que palpita en el interior de nuestra alma. Nuestros deseos varían y fluctúan de un instante a otro. Cuando la Biblia nos llama a alimentar al nuevo hombre y hacer morir de hambre al hombre viejo, podemos aplicar este mandato aprovechando el ir y venir de los estados de ánimo para fortalecer al nuevo hombre cuando nuestro deseo por Cristo se inflama y matar los deseos del hombre viejo dejando de alimentarlos en tiempos de saciedad. La forma más simple de exponer el mecanismo del pecado es comprender que al momento en que peco, deseo el pecado más que agradar a Dios. Dicho de otro modo, al momento de su intenso deseo mi amor por el pecado es más grande que mi amor por la obediencia a Dios. Por lo tanto, la simple conclusión es que para doblegar el poder del pecado dentro de nosotros, necesitamos disminuir nuestro deseo de pecar, o bien aumentar nuestro deseo de obedecer a Dios.

¿Qué podemos hacer para realizar tales cambios? Podemos someternos a la disciplina de una clase o un profesor y dedicarnos a un riguroso estudio de la ley de Dios. Tal estudio disciplinado puede ayudar a renovar nuestra mente capacitándonos con una nueva comprensión de lo que le agrada y lo que le desagrada a Dios. El desarrollo de una mente renovada es la definición bíblica de transformación espiritual.

Como observó Edwards, la mente y la voluntad están vinculadas. Comprender más profundamente lo detestable que es nuestro pecado para Dios puede cambiar o reprogramar nuestras actitudes hacia el pecado. Debemos seguir el mandato bíblico de concentrarnos en todo lo que es puro y bueno. Puede que sea demasiado pedir que un hombre en medio de un ataque de intensa lujuria haga un cambio a pensamientos puros. Sería difícil que presionara un botón y cambiara la inclinación de su deseo en ese momento. Sin embargo, en un estado de ánimo más sobrio, puede que tenga la oportunidad de reprogramar su mente llenándola de pensamientos elevados y santos acerca de las cosas de Dios. El resultado final es que él puede fortalecer la disposición de su corazón hacia Dios y debilitar la disposición de su naturaleza caída hacia el pecado.

No es necesario que nos rindamos a una forma superficial de rígido determinismo y conductismo que nos llevaría a abandonar toda esperanza de cambio. La Escritura nos alienta a ocuparnos en nuestra salvación “con temor y temblor”, sabiendo que no solo estamos aplicando los medios de gracia por nuestras propias fuerzas, sino que Dios mismo está obrando en nuestro interior para llevar a cabo los cambios necesarios para conformarnos a la imagen de su Hijo (Filipenses 2:12-13; 1:6).

Soberanía de Dios y libertad del hombre

¿Qué decir de la voluntad del hombre respecto a la soberanía de Dios? Tal vez el dilema más antiguo de la fe cristiana es la aparente contradicción entre la soberanía de Dios y la libertad del hombre. Si definimos la libertad humana como autonomía (con el significado de que el hombre es libre de hacer lo que le plazca, sin restricciones, sin ser responsable ante la voluntad de Dios), entonces desde luego debemos decir que el libre albedrío es contradictorio con la soberanía divina. No podemos restarle importancia a este dilema llamándolo misterio; debemos enfrentar toda la importancia del concepto. Si el libre albedrío significa autonomía, entonces Dios no puede ser soberano. Si el hombre es total y absolutamente libre de hacer lo que le plazca, no puede haber un Dios soberano. Sin embargo, si Dios es absolutamente soberano para hacer lo que le plazca, ninguna criatura puede ser autónoma.

Es posible tener una multitud de seres, los cuales sean todos libres en varios grados pero que ninguno sea soberano. El grado de libertad está determinado por el nivel de poder, autoridad, y responsabilidad que posee cada ser. Sin embargo, no vivimos en ese tipo de universo. Hay un Dios que es soberano, lo cual equivale a decir que él es absolutamente libre. Mi libertad siempre está dentro de ciertos límites. Mi libertad siempre está restringida por la soberanía de Dios. Yo tengo libertad para hacer las cosas que me plazcan, pero si mi libertad entra en conflicto con la voluntad decretiva de Dios, no cabe duda acerca del resultado: el decreto de Dios prevalecerá sobre mi elección.

Tan a menudo se afirma que la soberanía de Dios nunca puede violar la libertad humana, en el sentido de que la voluntad soberana de Dios nunca anula la libertad humana, que en los círculos cristianos esta afirmación se ha vuelto un axioma aceptado de forma acrítica. La noción raya en los límites de la blasfemia, si es que no los traspasa, porque implica la idea de que la soberanía de Dios está restringida por la libertad humana. Si ese fuera el caso, entonces el hombre, no Dios, sería soberano, y Dios estaría restringido y limitado por el poder de la libertad humana. Como he dicho, aquí la implicación es blasfema porque eleva a la criatura a la estatura del Creador. Se denigra la gloria, la majestad y el honor de Dios pues se le reduce al estatus de una criatura secundaria, impotente. En términos bíblicos, el ser humano es libre, pero su libertad nunca puede transgredir o anular la soberanía de Dios.

Yo y mi hijo somos agentes morales libres; él tiene una voluntad y yo tengo una voluntad. Sin embargo, cuando él era adolescente y vivía en mi casa, su voluntad estaba restringida por mi voluntad más a menudo de lo que estaba mi voluntad restringida por la de él. Yo tenía más autoridad y más poder en la relación y por lo tanto yo tenía un mayor rango de libertad que él. Así es en nuestra relación con Dios; el poder y la autoridad de Dios son infinitos, y la volición humana nunca es un obstáculo para su libertad.

No hay contradicción entre la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre. Quienes ven una contradicción, o incluso señalan al problema como un misterio insoluble, han malentendido el misterio. El verdadero misterio respecto al libre albedrío es de qué manera lo ejerció Adán antes de la caída.

Opciones para considerar el pecado de Adán

Si Agustín estaba en lo cierto en que el Adán previo a la caída poseía una capacidad de pecar y una capacidad de no pecar, y en que fue creado sin una disposición o inclinación previas hacia el pecado, entonces la pregunta que enfrentamos es “¿cómo fue posible que tal criatura sin una disposición previa hacia el mal efectivamente diera el paso hacia el mal?”. A medida que intentamos resolver este misterio, permítanme presentar varias opciones que han servido de explicaciones en el pasado.

En primer lugar, podemos proponer la hipótesis de que Adán cayó porque fue engañado por la sagacidad de Satanás y simplemente no sabía lo que hacía. La inspiración para esta hipótesis es el énfasis bíblico en la sagacidad del Diablo. Satanás, con su astucia, fue capaz de seducir a Adán y Eva confundiendo sus patrones de pensamiento. De esta forma, la debilidad de nuestros padres primordiales no fue de naturaleza moral, sino intelectual, en la medida en que no lograron advertir las artimañas de la serpiente. Lo que complica la escena es el hecho de que la Escritura en este caso no describe a Adán y Eva como quienes fueron completamente engañados por su adversario; más bien ellos tenían un conocimiento cabal de lo que Dios les permitía y lo que no les permitía hacer. Ellos no pudieron alegar ignorancia de la orden de Dios como excusa para su transgresión.

Hay ocasiones en las que la ignorancia es excusable, a saber, cuando no es posible evitar o superar tal ignorancia. La Iglesia Católica Romana describe adecuadamente esa ignorancia como “ignorancia invencible”: no tenemos el poder para derrotarla. La ignorancia invencible excusa y libera de cualquier acusación de error moral. Sin embargo, el registro bíblico niega esta opción en el caso de Adán y Eva, porque Dios pronuncia un juicio sobre ellos. A menos que ese juicio fuese arbitrario o inmoral de parte de Dios mismo, solo podemos concluir que lo que Adán y Eva hicieron fue inexcusable. Un Dios justo no castiga transgresiones excusables. De hecho, las transgresiones excusables no son transgresiones.

Una segunda opción es que Adán y Eva sufrieron coerción de parte de Satanás para desobedecer a Dios. Aquí vemos el ejemplo original de la afirmación “el Diablo me hizo hacerlo”. Sin embargo, si efectivamente Satanás ejerció coerción total y forzosa sobre Adán y Eva para que transgredieran la ley de Dios, entonces una vez más encontraríamos una excusa para sus acciones. Tendríamos que concluir que no actuaron con una razonable medida de libertad, una medida que al menos los habría liberado de la culpa moral. Tal teoría contradice la clara enseñanza del texto bíblico, el cual no da indicios de ninguna manipulación coercitiva de parte de Satanás.

La Escritura atribuye invariablemente la responsabilidad y la plena culpabilidad a los propios Adán y Eva. Ellos cometieron un mal. Su elección fue malvada.

¿Por qué medios hicieron Adán y Eva una elección malvada? Si aplicamos el análisis de la elección que es común a Agustín y a Edwards al Adán previo a la caída, nos enfrentamos a un dilema irresoluble. Si Adán hubiera sido creado con una disposición puramente neutral (sin una inclinación hacia el bien ni hacia el mal), aún afrontaríamos el mismo impasse racional que Edwards observa para quienes quieren imponer esa condición al hombre posterior a la caída. Una voluntad sin predisposición no tendría motivación para elegir. Sin motivación, no podría haber elección. Aun si tal elección fuera posible, no tendría ninguna relevancia moral.

Debemos examinar las otras dos alternativas: que Adán fue creado con una predisposición hacia el mal o con una singular predisposición hacia el bien. Ambas opciones acaban en el muro de la dificultad intelectual. Si asumimos que Adán fue creado con una predisposición hacia el mal, arrojamos una horrible sombra sobre el carácter de Dios, pues ello significaría que Dios creó al hombre con una predisposición hacia el mal y luego lo castigó por ejercer la disposición que él mismo había implantado en el alma del hombre. En un sentido real, esto convertiría a Dios en el autor y el único responsable último de la maldad humana.

Cada página de las Sagradas Escrituras rechaza semejante tesis, pues transferiría la culpa del hombre a Dios mismo, quien es completamente bueno. Aun así, muchos toman esta opción, siguiendo los pasos de la crítica tácita del primer hombre, Adán, quien se excusó ante el Creador diciendo: “La mujer que [tú] me diste por compañera fue quien me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). Desde Adán en adelante los hombres han manifestado su condición caída tratando de culpar de esa condición al Creador.

Una tercera opción es que Dios creó al hombre con una disposición hacia la justicia solamente. Si ese fuera el caso, entonces tenemos un efecto sin una causa suficiente. ¿Cómo es posible qué una criatura creada con una disposición solamente hacia la justicia haya elegido un acto malvado?

Otras indagaciones en el misterio del pecado de Adán

Tengo una antipatía intrínseca hacia la teología dialéctica —la teología que proclama la belleza de las contradicciones y las declaraciones absurdas. Es por ello que me cuesta trabajo concordar con un teólogo neo-ortodoxo en relación al origen del pecado de Adán. Karl Barth llama al pecado de Adán la “posibilidad imposible”. Desde luego, Barth está llamando la atención hacia el misterio completamente inexplicable de la transgresión de Adán: lo que era racionalmente imposible e inconcebible sucedió, y sigue siendo un auténtico e impenetrable misterio.

Se han hecho otros intentos por encontrar una respuesta compleja y sofisticada al misterio de la iniquidad. Una sugerencia es que el pecado de Adán fue como todo pecado, es decir, una privación, una corrupción o una negación de algo que era inherente e intrínsecamente bueno. En otras palabras, Adán fue creado con una buena disposición moral. Sus apetitos y deseos eran constantemente buenos, y en consecuencia, uno habría esperado que sus actividades hubieran sido igualmente buenas. Sin embargo, se sugiere que en la complejidad de opciones morales a veces se puede usar erradamente y abusar de una buena voluntad (que tiene un deseo que en sí mismo es bueno) en dirección al mal. El ejemplo supremo de esa distorsión ocurrió en la tentación de Jesús, el segundo y nuevo Adán.

En la experiencia de tentación de Jesús en el desierto, Satanás vino a él en medio de un prolongado ayuno. Probablemente sea seguro asumir que en ese punto Jesús tenía una pasión consumidora por alimento. Ese deseo humano natural de comer en sí mismo no implicaba ninguna connotación moral. Se espera que un hombre con hambre tenga una disposición a comer. Sin embargo, Jesús quería obedecer a Dios mediante este acto de privación voluntaria. Cuando Satanás vino a Jesús y sugirió que convirtiera las piedras en pan, aquel estaba apelando a un apetito y deseo perfectamente normales en el interior de Jesús. Sin embargo, el deseo de Jesús de obedecer al Padre era más profundo que su deseo de recibir alimento. De este modo, lleno de un deseo completamente justo, fue capaz de vencer la tentación de Satanás.

Ahora, la teoría es la siguiente: quizá fue algo bueno lo que causó que Adán cayera, algo que en sí mismo era bueno, pero que podría haber sido usado indebidamente por las seductivas influencias de Satanás. Tal explicación ciertamente ayuda a hacer la caída más comprensible, pero hasta ahí llega solamente antes de fracasar. En su punto más crucial, la explicación no da cuenta de cómo pudo haberse distorsionado este buen deseo, que anuló la obligación previa de obedecer a Dios. En algún punto antes de la caída, Adán debe haber tenido que desear desobedecer a Dios más que obedecerle; por lo tanto, la caída ya había ocurrido, porque el deseo mismo de actuar contra Dios en desobediencia es de suyo pecaminoso.

Dejo la pregunta por la explicación de la caída de Adán a causa del ejercicio de su libre albedrío en manos de teólogos más competentes y perceptivos. Culpar a las limitaciones finitas del hombre en realidad es echarle la culpa a Dios, quien hizo al hombre finito. Bíblicamente, el asunto ha sido y siempre será un asunto moral. El hombre recibió del Creador la orden de no pecar, pero el hombre eligió pecar, aunque no porque Dios o alguien más lo hubiera obligado. El hombre eligió desde su propio corazón.

En consecuencia, la búsqueda de la respuesta al cómo del pecado del hombre es entrar en el ámbito del más profundo misterio. Quizá lo único que podamos hacer a fin de cuentas es reconocer la realidad de nuestro pecado y nuestra responsabilidad por él. Aunque no podamos explicarlo, ciertamente sabemos lo suficiente para confesarlo. Nunca debemos atribuir la causa de nuestro pecado a Dios o adoptar una postura que nos excuse de la responsabilidad moral que la Escritura claramente nos asigna.

Algunos han criticado la fe cristiana por su incapacidad de dar una respuesta satisfactoria a la cuestión del pecado. El hecho es que otras religiones deben avenirse con esta misma interrogante. Algunos responden simplemente negando la realidad del mal —una salida conveniente pero absurda. Solo el cristianismo aborda de frente la realidad del pecado proporcionando un escape de sus consecuencias.

La solución cristiana al problema del pecado es un distanciamiento radical de lo que proporcionan otras religiones, porque se centra en la persona y la obra de Jesucristo. A través de su sacrificio perfecto, que tiene la eficacia de quitar los pecados del creyente, nos hemos vuelto justos a los ojos de Dios. Sin embargo, esa justicia no nos da licencia para hacer lo que nos plazca. Aún debemos tratar de cumplir con la voluntad preceptiva de Dios, especialmente mientras nadamos por las peligrosas aguas de los dilemas morales, éticos y sociales de nuestro tiempo.

Si bien hemos analizado los aspectos más teológicos de la voluntad del hombre y la voluntad de Dios, ahora nos convocan otros dos temas: la voluntad de Dios para nuestro trabajo y para nuestro estado civil. Estas dos cuestiones prácticas desempeñan un rol protagónico en el drama de nuestra vida personal. ¿Qué podemos aprender acerca de la voluntad de Dios y la voluntad del hombre en relación a estos aspectos cruciales de la vida? Los siguientes capítulos ofrecen pautas para facilitar las decisiones que tomamos en estas áreas de suma importancia.

 

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Capítulo 3: La voluntad de Dios y su trabajo

Capítulo 4: La voluntad de Dios para el matrimonio

 

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