Sorpresa Inesperada Al Pie Del Monte Mendocino

por | May 20, 2018 | 1 Comentario

Tengo por costumbre salir a caminar con mi perro, cerca de casa, al pie del monte mendocino.

Destino ese tiempo temprano de mañana para deleitarme del paisaje, sus plantas y sus flores.

Un día, de pronto, en un recodo del sendero, percibí un fuerte olor.

Un olor delicioso, un perfume raro, suave, aunque muy aromático.

¿Sabes qué encontré?

Siempre había transitado por allí, pero nunca había llegado a mí esa rica fragancia.

Miré con atención a mi alrededor, pero solamente encontré cactus, plantas espinosas, algunas jarillas, espinillos, alpatacos y otras que no conozco su nombre.

Quería distinguir la flor y la planta que adornaba el lugar con su perfume, algo que ocurre con frecuencia al pie del monte mendocino.

No la encontré.

Movido por la curiosidad, volví  tres o cuatro veces más a ese lugar, alejado de la gente y los animales.

Finalmente, pude dar con el origen del perfume: era una flor sencilla, simple, pequeña y muy perfumada.

Era la flor amarilla de una planta tipo junquillo, llamada vulgarmente «perlilla» que se elevaba unos centímetros de la superficie, bajo otros arbustos más altos y enmarañados que la ocultaban de sus depredadores.

Sentí deseos de llevarla a casa, pero me contuve, pues ella estaba allí para adornar al caminante.

No fue creada para embellecer el aire de mi casa, sino para aromatizar allí, al pie del monte mendocino.

Era algo notable que la planta no llamaba la atención en sí misma, no era llamativa, incluso se escondía de las miradas indiscretas, pero su perfume era fácil de distinguir.

Se percibía a varios metros de distancia y hacía una significativa diferencia con el resto de los aromas procedentes de otras plantas.

He leído que muchas veces las plantas atraen de esa manera a insectos para propagarse, y en otras oportunidades, usan su aroma para espantar a los posibles destructores.

Yo pensé que tal aroma debería proceder de una flor llamativa, como una rosa o un clavel, de colores vigorosos y de gran belleza para los ojos.

Pero, no.

Todo lo contrario.

La flor y la planta no eran ostentosas, sino humildes y sencillas.

Pensé en un texto bíblico que enseña que

“…para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden”. (2 Corintios 2.15)

El Señor nos capacitó y permitió que seamos el aroma de Cristo que se esparce.

Nos convierte en perfume, y el Espíritu Santo llamará la atención de los demás en nosotros, no por lo notable de nuestro carácter, ni por nuestros dones, ni por nuestras capacidades o relaciones, sino por el perfume.

Se menciona “el aroma de Cristo.”

Perfumamos el ambiente, de una forma persistente, con un aroma suave, pero, arrollador.

La gente distingue la diferencia entre un perfume humano y uno divino, que sana heridas, que trata con amor, que habla palabras de ánimo y de bendición, que tiene una conducta transparente, un forma de vivir que existe no para el orgullo de la flor, sino para resaltar el perfume. 

Aunque estás en la muchedumbre, la gente se esforzará por encontrar el origen de tu aroma, que es el perfume de Cristo en tu vida.

El Espíritu Santo que viene a nosotros al nacer de nuevo, pone en nosotros el perfume de Cristo.

Al estar en Cristo, y Cristo en nosotros, el perfume sale del interior de cada uno de nosotros.

Brilla él.

No nosotros.

Es un perfume que la gente no olvida, que invita a buscarlo, a preguntar el origen, a escarbar entre la maleza.

Ese perfume, reconocido como Cristo en nosotros, es el que cambia al mundo.

Que el Señor te rebendiga mientras reflexionas en las lecciones que descubrimos al pie del monte mendocino.

 

1 Comentario

  1. Verónica

    Hermosa reflexión y pido al señor y al espíritu Santo llevar siempre su perfume como hija suya

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