Nada más actual que reflexionar en los acontecimientos que nos involucran como ciudadanos, que ejercemos nuestro derecho a elegir autoridades y funcionarios. En ocasiones como estas, nos sentimos con la obligación de llevar a cabo ese derecho único e indelegable que nuestra nación nos encomienda. Sin embargo, hoy el clima electoral está impregnado por un halo de zozobra y contradicciones.

Asistimos a una realidad que nos interpela y nos conmueve como sociedad, que no deja de hacernos cómplice debido a nuestras decisiones. Cada líder, funcionario y gobernante, es elegido por el voto popular, en el marco de un Estado de derecho cuyo fundamento es el sistema político. A través de la historia el hombre se ha encargado de discutir estos sistemas; desde las monarquías hasta el sistema democrático. Sin embargo, todos estos sistemas de gobierno han sido encontrados imperfectos, con el agravante de que la mayoría de los que están en el poder tratan de enriquecerse, de oprimir y violar los derechos de los ciudadanos.

Pero ¿Qué es la política? Es un arte o actividad de los rigen o aspiran a ejercer o intervenir en los asuntos públicos; es una actividad de cualquier ciudadano que quiera intervenir con su voto y opinión respetuosa. Su historia no solo se remite a Hobbes, Maquiavelo o Rousseau, sino que fue instituido en el Antiguo Testamento. Dios dio autoridad al hombre sobre todo lo creado, el dominio o control sobre otros seres humanos cuando el pecado entró a la raza humana; esa naturaleza de ir en contra de la autoridad, esas arbitrariedades que comúnmente vemos en las personas que ejercen el poder; esa rebelión que manifestamos. Dios tuvo que refrenarlo a través del uso de las fuerzas públicas (Gen 9: 6).

Desde que se inicia la humanidad se tuvo que usar grupos de personas que usaban la fuerza, se crearon las ciudades refugio, y se crearon ejércitos para defender, castigar la violencia y establecer la autoridad. La historia da cuenta de esta evolución. En el Nuevo testamento se vuelve a reafirmar que antes del fin se oirán de guerras y rumores de guerras, pestes, plagas y hambre en diferentes partes del mundo. El orden establecido se ha violentado, el vandalismo, protestas y la falta de honestidad es común y se ha naturalizado. Lejos han quedado los valores morales. La ambición y la crisis moral han ocasionado daños profundos a nuestra sociedad, como en otrora con todos los imperios más poderosos. La justicia y la humildad deben ser caras de una misma moneda.     

Esta realidad no es ajena a nuestras convicciones (Rom.13). El apóstol Pablo ya había establecido en 1Tim.2: 1-4 “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador…”. Por lo tanto, nuestra misión es traer la transformación espiritual a través de la oración y el arrepentimiento. Podemos levantar la bandera de moralidad y justicia a través de nuestro testimonio de integridad y forma de vida.

La misión de la iglesia en este siglo es establecer un mundo espiritual de vidas transformadas. Solo el conocimiento del evangelio puede someter a la naturaleza pecaminosa del hombre. Por eso, como iglesia, debemos rogar por nuestras autoridades y gobiernos. Para que un gobierno funcione debe reconocer la importancia de la autoridad y el respeto. Debe devolver la confianza pública y garantizar los derechos e intereses de los ciudadanos.

Ana Cecilia M Pérez