¡Que el pentecostés vuelva a suceder! Parece ser el deseo de toda la comunidad cristiana por estos días. Pero ¿de quién o qué depende que suceda un acontecimiento espiritual tan magnánimo como este? Depende de nosotros. De vos y de mí.

En la antigüedad, más precisamente en los tiempos de Moisés, el líder hebreo subió al monte Sinaí a recibir la ley que Dios regiría para Israel. Tuvo que pasar muchos días en el monte hasta que al día 50, Dios habló. Y les entregó el decálogo. A partir de ahí, el pueblo hebreo celebraba la cosecha y la consumación de la ley divina siete semanas o 50 días luego de la pascua. El hecho más importante para el pueblo de Dios hasta la fecha. Su Pentecostés.

Muchos años más tarde, los judíos vivirían una pascua que influenciaría al resto de la humanidad. Jesús de Nazaret sufrió, murió y resucitó. 50 días más tarde, llegaría la fiesta de Pentecostés. Algunos pensaron que sería como todos los años. Pero no. Ese Pentecostés originó el nacimiento del movimiento Cristocéntrico más grande, fuerte e importante de la historia: La iglesia.

La venida del Espíritu Santo, el Consolador, sobre la tierra y particularmente sobre los discípulos de Jesús, dio el puntapié inicial para lo que Jesús había profetizado: “Voy a construir mi iglesia, y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla” (Mateo 16.18 DHH).

Podría seguir extendiéndome en aspectos doctrinales o datos históricos pero encuentro mucho más oportuno reflexionar. Hacerlo tratando de explicarnos como  lo que Jesús pensó como un movimiento, un organismo vivo y dinámico nacido en aquel Pentecostés declinó en un presente tan gris de su iglesia. En alguna parte de la historia, el vocablo ekklessia cambió de dirección en su significado para hacer alusión solo a un edificio y su institucionalidad. Nada tengo con estar organizados pero a veces nos desenfoca la mira. 

La mayoría de los seguidores de Jesús del siglo XXI comprenden la teoría: “nosotros somos la iglesia”. Pero su proceder encuentra una gran dicotomía: no se comportan como la iglesia.

Estamos unos cuantos días inmersos en la cuenta regresiva desde la pascua hasta llegar a  un nuevo Pentecostés. ¡Que vuelva a ser igual que aquella vez! Que el Espíritu Santo vuelva a llenar. Que vuelva a llamar. Y que estemos preparados para ponernos otra vez, en MOVIMIENTO.