“……Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió…..” (Juan 6:38).

Introducción.

Jesús no obraba aparte de Dios el Padre, sino con El. El propósito de Jesús era hacer la voluntad de Dios, no satisfacer sus deseos humanos.

Hasta el último momento de su ministerio, estando en angustiosa agonía, mientras oraba en Getsemaní, el Señor Jesucristo pidió que se hiciera la voluntad del Padre y no la de él. Oró diciendo: “…Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…” (Lucas 22:42).

Es importante resaltar que esta oración no fue hecha en un tono de resignación impotente, sin esperanza. No era la expresión de un corazón destrozado, que se rendía ante una derrota completa.

Tampoco era la oración de alguien a quien se le frustran los sueños y ya nada más espera en la vida. Cuando Jesús oró diciendo no se haga mi voluntad, sino la tuya él estaba demostrando una confianza perfecta y absoluta en el Dios Padre. Él se sometía al amor del Padre, que no lo iba a dejar aun estando en la cruz.

Durante su ministerio público, Jesús no permitió que nada ni nadie interfiriera en que Él estuviera sujeto a la voluntad del que lo envió. A penas tres aspectos quiero significar.

I. Jesús no se dejó influenciar por la política de su tiempo.

No encontramos en los evangelios ni en ninguna otra literatura extra-bíblica, que Jesús hiciera alianza, buscando protección y apoyo político y financiero, con el imperio romano que dominaba durante su ministerio público.

Los evangelistas nos dicen que el Diablo le ofreció a Jesús gobernar sobre “…todos los reinos del mundo…” (Mateo 4:8). Uno de los propósitos del diablo con esta tentación era buscar que Jesús pusiera su atención en el poder del mundo y no en los planes de Dios.

Pero Jesús se mantuvo firme en sus propósitos, dando evidencia de que su intención, en esta primera venida, era cumplir con el programa eterno de redención. Ya llegará el tiempo en que Él establecería su gobierno justo y eterno sobre toda la creación.

El partido político de los herodianos [eran judíos influyentes que respaldaban al rey Herodes y al gobierno romano que él representaba], quiso comprometer al Señor con una pregunta capciosa y comprometedora: “…Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?…” La respuesta de Jesús establece un principio universal que separa la política del evangelio de Jesucristo: “…Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios…” (Mateo 22:17-21).

Esto no limitó a que Jesús denunciara las «inmoralidades, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraudes, desenfreno, extorsión, la injusticia social, se ocupara de los pobres y desposeídos» que existían en Palestina, sin perder su enfoque principal. Cuando después de alimentar a más de cinco mil personas, pretendieron “…venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo…” (Juan 6:15).

La verdadera iglesia de Jesucristo se cuida mucho de perder el derrotero y de ocuparse de cosas a las cuales Dios no le ha llamado, porque dejaría de ser efectiva en el ministerio al cual Cristo la llamó. Jesucristo nos llamó a ser predicadores del evangelio y no políticos.

Si queremos que un país cambie su forma de ser, la respuesta la tenemos en la predicación de la palabra de Dios. Si queremos que las familias se vuelvan a Dios, la respuesta está en la predicación de la palabra de Dios.

Cuando el púlpito de las iglesias se cambia por tribunas políticas y lo invaden comunicadores sensacionalistas, que no trazan un evangelio transformador y comprometido con Cristo, la iglesia arriesga el mensaje del evangelio que es exclusivo, y se convierte en defensora de principios humanistas, que podrán ser loables [meritorios], pero que no resuelven el problema del hombre, que es el pecado. Y la solución al pecado es JESUCRISTO.

Lo que hace que existan mejores hombres, mejores padres, mejores ciudadanos, mejores personas en el mundo no es la política ni las filosofías humanas sino «Jesucristo», solo él puede transformar los corazones de piedra en corazones de carne como dice la biblia. “...Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne…” (Ezequiel 36:26).

La nueva vida sólo se logra por medio de un encuentro personal con Jesucristo; el Señor es la única solución para cualquier problema de los hombres. Jesucristo dijo: “…Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido…” (Lucas 19:10).

Así como Cristo no se dejó influenciar por la política de su tiempo, la iglesia de hoy tiene que estar alerta para no dejarse manipular por los políticos ni la política de esta época. La voluntad de Dios es prioridad para la iglesia.

II. Jesús no se dejó dominar por el sectarismo religioso de su tiempo.

Jesús vino con un mensaje poderoso, transformador y exclusivo. Él censuró aquellas sectas judías que le daban más valor a las tradiciones de los ancianos que a los mandamientos expresos de Dios.

Jesucristo condenó abiertamente la hipocresía de los fariseos, saduceos, escribas e intérpretes de la ley, que conociendo las Escrituras no las vivían.

La preocupación de esta élite religiosa no era ser santos para Dios, sino verse santos ante los hombres. Querían la admiración y la alabanza de la gente. El Señor les dice: “…hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres…” (Mateo 23:5).

El verdadero evangelio de Cristo no es un barniz religioso, no es la simple profesión de una fe, no es la confesión mágica de ciertos versículos bíblicos pensando que todo quedará resuelto. Es un mensaje de arrepentimiento.

Cuando los fariseos y maestros de la ley censuraron a los discípulos de Cristo porque comían con publicanos (judíos que cobraban los impuestos para el imperio romano [1]), el Señor los confrontó definiendo claramente el propósito de su evangelio: “…No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores y necesitan arrepentirse»…” (Lucas 5:32 NTV).

Jesús NO sincretizó la buenas nuevas con aquellas sectas religiosa. Jesucristo vino a hacer la voluntad del que lo envió. No copió los estilos de hacer discípulos de aquellos religiosos. Él les dice: “…¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros…” (Mateo 23:15).

Pero Jesucristo llama a sus seguidores a un compromiso personal con él y con su doctrina. Más que el cumplimiento de reglas y estatutos extremistas, el Señor quería que sus oyentes tuvieran un encuentro con Dios.

Así como Cristo no cambió su mensaje, la verdadera iglesia no cambia su mensaje de arrepentimiento y nuevo nacimiento, de cambios radicales, de santidad y consagración a Dios y a su Santa Palabra, porque sabe que compromete el poder transformador del evangelio.

La verdadera iglesia no mezcla la verdad de la biblia con la cultura de la época, ni cede principios éticos y morales para alcanzar popularidad, finanzas y el aplauso de la gente, porque sabe que al hacerlo pierde poder y unción, y deja de influir positivamente en la comunidad donde está enclavada.

La iglesia es un agente de cambios espirituales que tiene repercusión familiar y social. La iglesia representa los intereses de Cristo en la tierra y debe estar sujeta a su voluntad, como él lo estuvo a la voluntad del Padre que lo envió. La iglesia es portadora de la Gloria de Dios, del poder y la unción del Espíritu Santo. La iglesia tiene la alta responsabilidad de proclamar el único mensaje que cambia y transforma vidas y comunidades enteras (Mateo 28:19,20).

Pablo le recuerda a los corintios que su predicación no sólo estuvo acompañada de prodigios, sino también del poder transformador del Espíritu sobre las vidas de ellos en el momento de su conversión. “…ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder,” (1 Corintios 2:4).

Así como Cristo no se dejó dominar por las sectas religiosas de su tiempo, la verdadera iglesia de Cristo, no se deja dominar por las nuevas corrientes religiosas y neopentecostales. La voluntad de Dios es prioridad para la iglesia.

III. Jesús no se dejó manipular por la gente de su tiempo.

Él NO vino a complacer peticiones y deseos personales de la gente de su tiempo, Él vino a hacer la voluntad del Padre que lo envió.

Cuando Jesús les comunicó a sus discípulos la necesidad de ir a Jerusalén y morir a manos de los líderes judíos, Pedro lo apartó a un lado y le dijo: “…Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca…” y Jesús le reprendió fuertemente y le dijo: “…¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres...” (Mateo 16:22, 23). Pedro acababa de reconocer a Jesús como el Mesías; sin embargo, ahora quiere que Jesús cancele sus planes. El Señor reprendió a Pedro por esta actitud, porque se estaba dejando instrumentar por Satanás, que siempre intenta que pongamos a Dios a un lado y demos prioridad a nuestros intereses.

Que la opinión de otras personas no nos prive a nosotros de la bendición que trae hacer la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta.

Estaba Jesús en una madrugada, teniendo su matutino de oración en un lugar desierto, y la gente le buscó, y llegando a donde estaba le suplicaron que no se fuera, “…Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado…” (Lucas 4:43). Ni la fama ni la popularidad influyeron en su agenda divina; nada impediría que Él hiciera la voluntad del que lo había enviado. Su vida de oración lo demostraba: dependía de su comunión con el Padre.

Muchos predicadores, evangelistas y cantantes cristianos, cuando alcanzan cierto nivel de popularidad y comienzan a ser presionados por la gente, cambian su agenda de compromiso con Dios por mantenerse en el ranking de la popularidad.

El evangelista Marcos nos dice que cuando Jesús estaba colgando de la cruz, “…los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz…” (Marcos 15:29-30).

¡Qué reto! Porque en buena lid, Él podía haberlo hecho. Pero no bajó de aquella cruz porque Él vino a hacer la voluntad del Padre que lo envió; y esa voluntad incluía morir en aquella cruz. Y si no lo hizo, fue por amor a nosotros.

Hoy la verdadera iglesia de Jesucristo no se deja manipular por ningún movimiento cuyos fundamentos y promotores sean cuestionables bíblicamente.

Cuando la iglesia está firme en el mensaje que predica, no cede ante las presiones religiosas del momento. Pablo les recuerda a los cristianos de corinto “…Porque nadie [pastores, profetas, apóstoles] puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo…” (1 Corintios 3:11).

Así como Cristo no se dejó manipular por la gente de su tiempo, la verdadera iglesia de Cristo, no se deja manipular por nadie, sino procura hacer la voluntad de Dios. La voluntad de Dios es prioridad para la iglesia.

CONCLUSIÓN

Jesucristo nos dio el ejemplo. Porque descendió del cielo, no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le envió, aun cuando esa voluntad incluía morir como un impostor en la cruz del calvario. Jesús no vino a satisfacer sus propios deseos, vino a obedecer al Padre.

Pablo le dice a los cristianos de Filipo que el Señor Jesucristo, “……estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,” (Filipenses 2:8,9). La obediencia trae resultados positivos.

El Señor nos llamó de las tinieblas a su luz, para que hagamos su voluntad, no la nuestra. Por lo tanto:

  • No nos dejemos influenciar por la política predominante, Jesucristo es el tema de nuestro mensaje.
  • No nos dejemos dominar por el sectarismo religioso de este tiempo, centrémonos en Cristo y en su evangelio.
  • No nos dejemos manipular por la gente de este tiempo, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
  • Siempre tengamos en mente que La voluntad de Dios es prioridad para la iglesia.

 

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